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Diócesis de San Cristóbal de Las
Casas
Catedral de la Paz
7 de junio de 1998
HACIA UNA NUEVA ETAPA DEL PROCESO DE PAZ.
La voluntad de Dios, manifestada a través de su Santidad
el Papa Juan XXIII, me pidió desde hace más de 38 años
el servicio como Obispo de la Diócesis llamada entonces de Chiapas
y, después de la erección de la de Tuxtla Gutiérrez,
de la que quedó conocida como San Cristóbal de Las Casas,
por el nombre de su Sede.
La tarea específica de una acción evangelizadora,
dirigida a todos y en especial a los más pobres y necesitados,
en nuestro caso a los indígenas, la entendimos y la vivimos siempre
como la predicación del Evangelio de Cristo, esto es, como el anuncio
y construcción del Reino de Dios en la Justicia, en la Verdad,
en el Amor y en la Paz. Si bien es cierto que el Concilio Ecuménico
Vaticano II, en cuyas sesiones por la gracia de Dios estuve participando,
agregó una iluminación especial que me ayudó a entender
mejor la incidencia histórica del quehacer pastoral.
De ahí que al surgir en Enero de 1994 un conflicto armado,
no hayamos dudado los Obispos de Chiapas en condenar la violencia, al
paso que reconocimos la legitimidad de las causas justas que se enarbolaron
y ofrecimos nuestros buenos oficios para que se buscara una salida pacífica.
Esto lo consideramos como uno de los aspectos de nuestro quehacer pastoral.
Así tampoco juzgué ajena a la misión episcopal,
la propuesta de participar en la Comisión Nacional de Intermediación
(CONAI) y servir como mediador en un proceso de diálogo que buscaba
una solución pacífica para Chiapas y para todo el País.
Es más, aceptamos en la Diócesis que la primera etapa del
diálogo, que por las circunstancias exigía de especial seguridad,
se llevara a cabo en la propia Catedral, que se convirtió así
en un símbolo de nuestra preocupación por la Paz.
No hemos ignorado, al aceptar la Mediación: que el proceso
de Paz tenía una dimensión nacional e internacional; que
suscitaba a diferentes niveles grandes y legítimas expectativas;
que traería consigo la incomprensión, el sufrimiento y presiones
de diferente índole; que la CONAI tendría que pasar por
diferentes etapas y adaptaciones para garantizar a las partes, a la sociedad
mexicana y al consorcio internacional ante cuyo seguimiento se ha desarrollado
este proceso, la credibilidad de las afirmaciones y acciones en él
desarrolladas; que la Mediación estaba al servicio de las Partes:
Gobierno y EZLN, sin representar a ninguna de ellas ante la otra, o ante
la sociedad, sino ubicada en el proceso de Paz.
Por otra parte, varios condicionamientos que afectaban la continuación
del diálogo, mencionados por el EZLN y considerados atendibles
por el Gobierno, fueron reconocidos, pero luego considerados inaceptables.
El cumplimiento de lo acordado en la Mesa 1 de San Andrés se convierte
en una afirmación reiterada que no se concretiza. El EZLN, ante
esta situación, dijo sus últimas palabras para sumirse luego
en un largo, comprensible y al final pesado silencio, que fue leído
por la otra parte como rechazo al diálogo.
En el momento presente, a pesar de las afirmaciones dichas en
contrario, es evidente que el Gobierno ha desistido del camino del diálogo
según el modelo que se observaba en San Andrés, para ejecutar
unilateralmente lo acordado y transitar hacia la temática pendiente,
invocando un diálogo directo, sin que sea necesaria ninguna Mediación.
Se constata, además de la interrupción del diálogo,
no sólo el deterioro de la situación en Chiapas y en el
País, sino una constante y creciente agresión gubernamental
a la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, a la Mediación
y al mediador mismo, puesta en marcha por distintas instancias oficiales
y recientemente llevada a cabo, con signos y palabras, por el propio titular
del Ejecutivo en diversas ocasiones.
Esta agresión a la Diócesis, que se inicia inclusive
antes del conflicto, se ha convertido ya en una persecución sistemática
contra ella y se ha concretizado en numerosas acciones: expulsión
de 7 sacerdotes por falsas acusaciones; negación práctica
de residencia a los agentes de pastoral extranjeros; encarcelamiento de
4 sacerdotes falsamente acusados y con franca violación a sus derechos
humanos; cierre de unos 40 templos (alguno de ellos ocupado por el ejército
mexicano); órdenes de aprehensión a numerosos sacerdotes,
religiosas y misioneros; presión a varios campesinos para que afirmen
que la Diócesis entrega armas a las comunidades; directrices a
varios medios de comunicación para que tergiversen las noticias;
generación de un clima de linchamiento; profanación del
Santísimo Sacramento en varios templos, hecha por la policía
de seguridad. Todo lo cual indica que esta persecución religiosa
ya no se dirige únicamente a nuestra Diócesis, so pretexto
de condicionar la Mediación para el diálogo, sino visualiza
a la Iglesia católica de todo el País.
Con las limitaciones propias de la naturaleza humana, la Mediación
ha cumplido con su tarea, esforzándose en momentos críticos
del proceso de diálogo porque este no se rompa, sin importar su
propio desgaste.
Constato claramente que se ha terminado una etapa del proceso
de paz en la que cumplimos responsablemente con lo que nos tocaba hacer
para edificarla. Agradezco a todos aquellos que me acompañaron
en la tarea mediadora, particularmente a los miembros de la CONAI, que
con generosidad y entusiasmo dieron su contribución por la Paz.
Ha de construirse otra etapa en la que se recreen las condiciones
del proceso de paz con un diálogo y negociación que miren
a la solución pacífica de las causas del conflicto.
La construcción de la Paz es para todo Obispo una tarea
irrenunciable que se cumple de diferentes maneras y mediante diversos
instrumentos a lo largo de la historia, según las situaciones por
las que se atraviese. Continuaré, con la fuerza de Dios y la iluminación
de su Espíritu, en el empeño de construir la Paz verdadera
desde Chiapas, sabiendo que ésta no se puede confundir con aquella
que surge de la represión selectiva a las comunidades, ni con los
enfrentamientos que otros provocan en ellas, ni tampoco se puede alcanzar
por caminos de desarticulación que rompe la unidad de las legítimas
diferencias. La demanda de los derechos individuales y colectivos forma
parte de nuestra acción Pastoral.
El Romano Pontífice actual su Santidad Juan Pablo II,
(cuya presencia en México es anunciada para el 22 de Enero próximo),
así lo resumía al dirigirse el pasado 7 de Abril a los Jóvenes
del mundo: "Los derechos de la persona son el elemento clave de todo
el orden social. Reflejan las exigencias objetivas e inolvidables de una
ley moral universal, que tiene su fundamento en Dios, primera Verdad y
Sumo Bien. Precisamente por eso son el fundamento y la medida de toda
organización humana, y solamente basados en ellos se puede construir
una sociedad digna del hombre, arraigada sólidamente en la verdad,
articulada según las exigencias de la justicia y vivificada por
el amor. Ante las diversas formas de opresión existentes en el
mundo, la Iglesia no duda en denunciar, con valentía, las violencias."
En esta nueva etapa, además del trabajo por la reconciliación
y una unidad de nuevo cuño en la que no haya excluidos, aparece
la responsabilidad de todos por construir un orden nuevo, con una conciencia
histórica que abarca impresionantemente un abanico social cada
vez más amplio.
Reconciliación profunda, unidad que convoca a todos, participación
más diversificada y consciente, búsqueda de la verdadera
justicia, son los caminos por donde deben transitar aquellos cuyo objetivo
es construir la verdadera Paz.
"Para que edifiques y plantes"
(Firma)
+ Samuel Ruiz García
Obispo de San Cristóbal de Las Casas
Fuente: Fichero Histórico de la CONAI. Documento 8060701
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