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Andrés Aubry
Muchas voces autorizadas señalan que el estancamiento del diálogo
de paz, después de la votación del dictamen de la ley indígena,
nos regresa a la coyuntura tensa de los inicios: no cuando estalló
la guerra, el primero de enero, sino cuando la ruptura de un primer diálogo
alejaba peligrosamente la paz. Estaríamos entonces como en diciembre
de 1994, en la situación desesperada que incitó al mediador,
don Samuel, a ayunar en su catedral para conjurar la degeneración
del conflicto.
Entonces, nueva coincidencia, se despertó el Congreso de la Unión.
En aquellas fechas tan significativas, un senador hoy difunto, Heberto
Castillo, habló al Congreso y a Los Pinos sugiriendo que el Poder
Legislativo no dejara el problema de la paz en las solas manos del Ejecutivo.
Es cuando nació la madre de la Cocopa: la Comisión Legislativa
para el Diálogo y la Conciliación, llamémosla Codico.
Esa nueva institución se presentó a la nación el
5 de enero de 1995 con una Declaración, que hoy podría proyectar
algo de luz en la ansiosa búsqueda de la Cocopa para desatorar
el diálogo.
Entre sus firmantes estaban algunos que hoy repiten en la Cocopa (como
César Chávez, entonces diputado, y Jaime Martínez
Veloz) y otros egresados de ella que ahora desempeñan papeles claves:
Luis H. Álvarez y Pablo Salazar Mendiguchía, entonces senadores,
y Rodolfo Elizondo, quien era diputado.
Se presentaron con una frase todavía vigente: “a un año
del levantamiento, la paz ausente sigue siendo solamente anhelo, demanda
y tema de interés nacional. No hemos logrado hacerla realidad”.
Seis años y medio después, ¿no le suena?
Luego se definieron. Eran, y son todavía, pero ahora por ley, “una
instancia plural, republicana, con representación nacional, que
incorpora a la solución del conflicto un elemento novedoso, con
posibilidades de hacer aportaciones significativas a la parte sustantiva
del proceso”. Después de preguntar por qué y para
qué se crea la Codico, explican que “nació por la
necesidad de buscar un cambio en la situación que prevalecía
en Chiapas... La propuesta inicial fue modificada, ampliada y mejorada
sustancialmente por las cámaras: de una comisión de partidos
se convirtió en una comisión legislativa... Quienes la componen
tienen un compromiso superior con México, con la paz de la República.
Es preciso enfatizarlo: la comisión está haciendo un esfuerzo
de lealtad a México y no subordinado a intereses de partidos”.
Insistencia instructiva para desmemoriados.
Es que, a invitación del nuevo obispo de Chiapas, don Felipe Arizmendi,
los senadores Aguilar Bodegas, del PRI, y Demetrio Sodi, del PRD y de
la Cocopa, se explicaron en un pueblo tzeltal de los Altos sobre su aprobación
del dictamen. Cuestionados sobre su olvido de la gravedad del momento
histórico y del proceso de paz, confesaron que esos no habían
sido sus criterios, porque, como sus principales operadores, su afán
primero era construir consensos de partidos.
La opción de Codico explicaba de antemano los éxitos de
la futura Cocopa en sus grandes momentos; aun siendo una comisión
paritaria, ninguna de las dos tenía criterios partidistas, sino
intereses que las trascendían; decía la Codico: “su
objetivo es favorecer el diálogo, no entorpecerlo... (porque),
hay que decirlo, las causas que generaron el conflicto están ahí
todavía, pero ahora agravadas por una nueva realidad política
y económica que hace más urgente la búsqueda de la
ansiada paz, condición necesaria para iniciar ¡ya! las reformas
profundas que reclama el pueblo... La paz es un clamor nacional. El reclamo
de la paz no es patrimonio de ninguna de las partes ni bandera de facción
política; es demanda de todo el pueblo”. El 5 de enero de
1995 ya daba a la paz los mismos nombres concretos que le había
dado la hoy difunta Conai: transición a la democracia, diálogo
nacional, reforma de Estado.
Atinó en uno de esos objetivos: el diálogo nacional se dio,
una vez convertida Codico en Cocopa, porque este firme propósito
fue promulgado en la memorable sexta sesión de San Andrés
(5 a11 de septiembre de 1995) en una nueva Declaración, pero ahora
común (Cocopa-EZLN-Conai), leída en conferencia de prensa.
Pero no se escuchó, como había temido la antigua Codico
nueve meses antes: “los mexicanos queremos el cambio democrático
en paz y por ello es preciso que se dejen oír los que en este país
están a favor de ella. Que se escuche (esa) voz”.
El Congreso desmemoriado, incluida la actual Cocopa, se olvidó
el 28 de abril del clamor millonario revelado por la marcha de la dignidad
de 24 zapatistas. El consenso que buscaba Codico, fundadora de la Cocopa,
no era el de los partidos de Aguilar y Sodi, sino “un amplio consenso
nacional en torno a la urgencia de construir la nueva democracia, de realizar
una reforma del poder y del Estado, de la transformación democrática
de las relaciones económicas, políticas y sociales. Las
condiciones están maduras para una gran reforma política.
No hay tiempo que perder”.
En vez de lo anterior (que se debía conseguir sin apartar organismos
no gubernamentales y todas las fuerzas sociales de la sociedad civil),
hoy, en la alternancia sin transición, sigue la misma urgencia
para exigir la paz.
La Codico concluye su declaración con la letanía de los
nombres concretos de la paz: “el nuevo federalismo (que está
ya en los acuerdos de San Andrés), un intenso diálogo nacional
para impulsar las reformas que tienen el consenso nacional... las leyes
de la reforma política... llevar al Congreso de la Unión
todas las iniciativas que emanen de los acuerdos de paz”.
Al convertirse Codico en Cocopa con la ley del 11 de marzo de 1995, le
tocó promulgar el 16 de febrero de 1996 los primeros acuerdos de
paz (en voz de Martínez Veloz) y se comprometió a llevarlos
a las instancias de debate nacional para formalizarlos. Pero el 28 de
abril de 2001 se equivocó de tarea y olvidando el compromiso anterior,
sustituyó esos acuerdos no negociables por otros nuevos.
Que se permita a un archivista este recordatorio de los llamados de la
memoria cuando los enredos del presente aconsejan reabrir viejos documentos
fundadores, de aguda actualidad, pues otro nombre concreto de la paz es
la fidelidad a la palabra empeñada (no por personas, sino por instituciones):
en Codico y en San Andrés.
Fuente: Periódico La Jornada. Sábado 21 de julio de
2001
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