Revista memoria nº 201
Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con
sus miserias económicas y su delirio político, está
surgiendo una sociedad nueva… Karl Marx, Primer Manifiesto de la
Internacional sobre la Guerra Franco-Prusiana, julio de 1870.
La Sexta Declaración: entre la apuesta
y el riesgo
Es bien sabido que el hombre, para acercarse a lo desconocido y para tratar
de entenderlo, recurre siempre a lo ya conocido y comprendido. Entonces,
trata de interpretar eso que aún desconoce desde aquello que le
es familiar y que ha aprendido anteriormente. Es esta lógica y
explicable actitud la que la inmensa mayoría de los analistas y
comentaristas diversos ha adoptado, para tratar de entender y luego hacernos
entender el significado fundamental de la Sexta Declaración de
la Selva Lacandona, hecha pública recientemente por el digno movimiento
indígena neozapatista mexicano.
Sin embargo y según lo que esa misma Sexta Declaración
afirma, ella es, al mismo tiempo y sin duda alguna, un balance general
y un repaso panorámico del camino que ese movimiento neozapatista
ha recorrido en los últimos once a os y medio, pero también,
y sobre todo, una clara invitación para girar completamente la
página y para asumir, desde ahora y hacia el futuro, un camino
radicalmente nuevo y diferente que, si bien no reniega de los pasos anteriores
ni renuncia a ese periplo recorrido en el último decenio, sí
lo trasciende y supera en el más hegeliano sentido de la Aufhebung,
reintegrándolo y recuperándolo de una manera cualitativamente
nueva y distinta, en ese nuevo itinerario que ahora mismo emprenden y
proponen esos indígenas neozapatistas mexicanos.
Por eso, si queremos captar realmente el mensaje contenido en
esa Sexta Declaración, hace falta pensarlo desde un doble horizonte,
o doble conjunto de elementos, que, si bien son claramente diferentes
entre sí, se encuentran sin embargo como íntimamente interdependientes.
Es un doble horizonte el que define ese mensaje, como una evidente clausura
del ciclo de luchas inaugurado el primero de enero de 1994 y, a la vez,
como la clara apertura de un segundo y nuevo ciclo de iniciativas y combates
populares, ciclo que ha arrancado ya con la propia convocatoria contenida
en la Sexta Declaración, pero cuya temporalidad y duración
resultan ahora mismo difícilmente predecibles.
Es cierre de una importante y fructífera primera etapa
pública e inauguración de una segunda fase ampliamente inédita
y cargada de múltiples novedades y sorpresas que, para ser bien
comprendida, requiere no solamente el ser analizada desde ese doble horizonte
del pasado inmediato y del cercano futuro que queremos construir, sino
también desde una perspectiva genuinamente global que, reinsertando
esta iniciativa neozapatista en los múltiples registros de sus
posibles significados local-estatales, nacionales, latinoamericanos y
mundiales, se interrogue también sobre aquellos contenidos esenciales
de lo que se pone en juego y de lo que se quiere ganar en esta valiente
y una vez más admirable tentativa neozapatista de, como en el primero
de enero de 1994, volver a tratar de tomar el cielo por asalto.
Lo que se pone en riesgo en la apuesta neozapatista
De las múltiples lecturas posibles de la Sexta Declaración
y también del balance de lo que ha conquistado el movimiento neozapatista
mexicano en sus once a os y medio de vida pública, queremos rescatar
aquí sólo lo que corresponde a tres de los ejes que consideramos
principales de dichas conquistas, tres ejes que en su conjunto permiten
entender una buena parte de ese significado múltiple del neozapatismo
en Chiapas, en México, en América Latina y en el mundo,
pero también y sobre todo permiten descifrar parte de lo que, hacia
el futuro, está jugándose en esta nueva propuesta promovida
por el movimiento indígena originalmente chiapaneco.
El primero se refiere a la situación global y luego al
papel social específico que tienen ahora los pueblos indígenas
dentro de las distintas sociedades de todo el planeta. El segundo eje
es el de la compleja relación, que ahora se encuentra en un profundo
proceso de total reconfiguración en todo el planeta, entre los
movimientos sociales, los distintos niveles del poder del Estado y el
complejo universo de la llamada sociedad civil. Finalmente, el tercer
eje es el de la verdadera conformación, desde abajo y desde la
izquierda, de las distintas formas de gestación del contrapoder
popular, es decir, de esos espacios sociales genuinamente autónomos
y emancipados ya de la lógica social dominante, que desde ahora
se encaminan hacia la subversión total del capitalismo y hacia
la generación progresiva y activa del cambio social total y radical.
Ese triple eje, a su vez, debe ser observado y comparado en
los espacios locales del estado de Chiapas, en México, en Latinoamérica
y en el mundo, lo que al mismo tiempo que nos mostrará los inmensos
logros del neozapatismo nos hará también evidentes los retos
y los desafíos que este último se propone asumir en esta
segunda etapa que ahora comienza. En esta etapa los neozapatistas nos
invitan, una vez más, a todos los hombres y mujeres honestos y
oprimidos, en cualquier parte del mundo, a sumarnos a dicha propuesta.
Así, por lo que corresponde a la situación general
y al papel social de los indígenas, no hay duda de que éstos
han cambiado radical y completamente en Chiapas durante el último
decenio transcurrido, pues -dado que el movimiento neozapatista es un
movimiento de base social indígena que incluye a decenas de miles
y hasta quizá centenas de miles de indígenas chiapanecos-
es claro que para los pueblos indios de Chiapas la situación actual
es muy distinta hoy a como era antes del primero de enero de 1994, ya
que su condición como indígenas, y además como indígenas
rebeldes, no sólo se ha reconocido socialmente, sino que ellos
se han constituido en un claro poder local y regional indudable, que no
sólo puede tomar, por ejemplo, la ciudad de San Cristóbal
de Las Casas, primero con las armas y nueve a os después de manera
pacífica, sino que se hace presente en todo el estado de Chiapas,
también pacíficamente, cada vez que esto se hace necesario
(por ejemplo, frente a la ridícula tesis zedillista, respaldada
en su momento por supuestos historiadores, de que el zapatismo era un
fenómeno limitado a solamente cuatro municipios de Chiapas).
Redignificando entonces en Chiapas ese rol social del indígena
y constituyendo el movimiento indígena neozapatista chiapaneco
en un poder local-estatal incontestable, los neozapatistas han dado también
un enorme impulso al movimiento indígena nacional, generando por
ejemplo la formación del Congreso Nacional Indígena y abriendo
el debate, en escala nacional, acerca de la situación de los indígenas
en México hoy. Así, convirtiéndose -más allá
de sus intenciones- en la verdadera vanguardia de ese movimiento indígena
mexicano, los neozapatistas han logrado ya el tibio reconocimiento oficial
de que México es un país pluriétnico y multicultural,
pero sobre todo la creación de una instancia nacional que coordina
el intercambio de experiencias y los esfuerzos de convergencia de todos
esos movimientos indígenas, que representan a ese entre diez y
quince por ciento de la población total mexicana que durante siglos
fue negada e invisibilizada, lo mismo en México que en toda América
Latina.
También es claro que el neozapatismo ha funcionado como
un verdadero detonador de la nueva visibilidad, pero sobre todo del nuevo
protagonismo social activo de todos los movimientos indígenas de
América Latina, movimientos que, si bien existían antes
de 1994, no poseían hasta entonces la beligerancia ni la radicalidad
que han desarrollado en los últimos dos lustros transcurridos,
pues no hay duda de que ha sido en parte gracias a la irrupción
neozapatista de enero de 1994 -y, naturalmente, en otra parte, gracias
al nuevo contexto creado en este último decenio-, como esos movimientos
indígenas de Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia o Chile han
pasado, de una actitud predominantemente defensiva y de un papel mucho
más marginal, a una nueva actitud mucho más ofensiva y protagónica,
lo cual hace que hoy los indígenas ecuatorianos o bolivianos vivan
en una verdadera situación de dualidad de poderes frente a sus
respectivas clases dominantes, situación de doble poder que les
permite vetar y detener las medidas más antipopulares de sus gobiernos
capitalistas y hasta derrocar presidentes igualmente impopulares, pero
que no los lleva todavía a plantearse la conquista, destrucción
y recreación total del poder a nivel de sus respectivos países.
Siendo, entonces, una parte fundamental de esta familia de nuevos
movimientos indígenas de toda América Latina y habiendo
sido quizá su precursor y detonador principal, el neozapatismo
representa también uno de los destacamentos de vanguardia del actual
conjunto de movimientos anticapitalistas a nivel mundial. Al reivindicar
con fuerza su matriz indígena y su lucha por el reconocimiento
de los derechos de los pueblos indios en México y en toda América
Latina, el neozapatismo ha coadyuvado a conformar dicho movimiento anticapitalista
y antisistémico global, como un movimiento plural, diverso y realmente
múltiple, es decir, como un movimiento que, a diferencia de los
a os anteriores a 1968, no se reconoce sólo como un movimiento
de un solo actor social (la clase obrera) y de sus eventuales aliados
subordinados ni tampoco como un movimiento que se despliega solamente
en uno o dos frentes de lucha (la lucha económica y la lucha política),
sino más bien como un movimiento de múltiples actores sociales
(mujeres, estudiantes, pobladores urbanos, indígenas, toda clase
de minorías, desocupados, ecologistas, pacifistas, campesinos sin
tierra y un largo etcétera) y también de muchos frentes
de lucha simultáneos (la equidad de género, la educación,
el territorio y los servicios urbanos, la cuestión Étnica
y el racismo, la diversidad sexual, la situación de los jubilados,
el derecho al trabajo y a los servicios del Estado, el medio ambiente,
la lucha contra la guerra, el derecho a la tierra y otro largo etcétera).
Se conforma un verdadero movimiento de movimientos antisistémicos
que también, en parte gracias al neozapatismo, ubica a los nuevos
movimientos indígenas latinoamericanos como actores de primer orden
dentro de sus propias filas.
De otra parte y por lo que corresponde al segundo y al tercer
eje referidos, es claro que no puede existir política alguna en
Chiapas que no tome en cuenta a los neozapatistas, pues ellos, en tanto
que poder local indudable, son un interlocutor real, permanente e imprescindible
de toda posible política chiapaneca, pero además, y siempre
en ese Ámbito chiapaneco, ellos han creado ya esas formas del contrapoder
popular que son los Caracoles o Juntas de Buen Gobierno Zapatistas, junto
también con los Municipios Autónomos Revolucionarios Zapatistas.
Los caracoles zapatistas, además de ser verdaderos territorios
liberados de la lógica capitalista dominante, son verdaderas escuelas
y embriones de la nueva sociedad, en donde desde ahora prosperan relaciones
sociales de tipo fraternal y comunitario, pero también nuevas formas
de educación, una nueva medicina, una forma distinta de asimilar
y de recuperar los desarrollos tecnológicos más avanzados,
nuevos modos de entender y de ejercer la política, un nuevo uso
de los recursos naturales y también nuevas maneras de la convivencia
social en general.
Esos verdaderos islotes de la autonomía, el autogobierno
y la emancipación neozapatista no sólo hacen de los Caracoles
los espacios en donde hoy se vive mejor que en cualquier otra parte de
Chiapas y hasta de México, sino que nos ilustran también
respecto de la estrategia global neozapatista. Tal estrategia no repite
el viejo esquema ya superado de la toma del poder bajo el modelo de la
toma del Palacio de Invierno, sino que se concibe más bien como
la gestación y afirmación progresiva de estos espacios liberados,
construidos desde abajo hacia arriba y que van ganando terreno social
y político y fortaleciendo el propio poder popular, para ir creando
un nuevo bloque histórico hegemónico en el sentido de Gramsci,
hasta que sean capaces de destruir el viejo poder capitalista y sustituirlo
por el nuevo poder popular, es decir, una toma del poder político,
resultante y derivada de la construcción y el fortalecimiento del
poder social del propio movimiento y de las clases populares en Él
involucradas como, por ejemplo, sucede ya en esos municipios autónomos
zapatistas y, sobre todo, en dichas Juntas de Buen Gobierno.
De otra parte y a nivel nacional, es claro que el movimiento zapatista
ha funcionado como una fuerza social fundamental dentro del escenario
político de México, impactando de manera cíclica
y recurrente a la política nacional, y es un factor de primer orden
que mantuvo en jaque, todo el tiempo, al gobierno de Ernesto Zedillo,
provocando después, mucho más de lo que se reconoce y se
asume generalmente, la derrota histórica del PRI en 2000 y es la
verdadera piedra en el zapato tanto del fallido Plan Puebla Panamá,
como de las veleidosas y torpes políticas neoliberales del gobierno
de Vicente Fox.
Constituyéndose entonces en un actor social fundamental,
pero de presencia intermitente en escala nacional, los neozapatistas han
reactivado sin duda alguna el protagonismo general de toda la sociedad
civil mexicana, protagonismo igualmente irregular y espasmódico,
a la vez que reanima a la izquierda mexicana, luego de la caída
del Muro de Berlín y de la desilusión provocada por el inmenso
fraude electoral de 1988. Igualmente, los zapatistas se han constituido
en el faro simbólico y en la brújula esencial de esa vasta
izquierda social no afiliada a ningún partido y que, a diferencia
de la decadente izquierda política, no cree ya en elecciones ni
en partidos, pero tampoco en votaciones o falsas transiciones a la democracia,
apostando más bien su labor al fortalecimiento de los múltiples
movimientos de la protesta social, de los electricistas, los petroleros
y los telefonistas, lo mismo que de los campesinos, los deudores, los
movimientos urbanos, los estudiantes, los indígenas o los grupos
subalternos de todo tipo.
También para América Latina y para todo el mundo,
el neozapatismo se ha convertido en un claro referente simbólico
fundamental, lo que hace que sus iniciativas y su evolución sean
seguidas siempre con atención por parte de la izquierda, tanto
latinoamericana como mundial, lo mismo que por los movimientos antisistémicos
latinoamericanos como el MST, los piqueteros argentinos o los movimientos
indígenas de toda la zona andina sudamericana o por los movimientos
de lo que hoy se llama la protesta altermundista global.
Funcionando entonces como una suerte de ejemplo importante para
esos nuevos movimientos sociales antisistémicos y anticapitalistas,
el neozapatismo representa una rica experiencia y una excepcional cantera
de lecciones que aprender y de logros que comparar, para los otros movimientos
sociales latinoamericanos, los que también han creado esos espacios
del contrapoder popular en proceso de afirmación, en los Asentamientos
de los Sin Tierra brasile os, en los suburbios bonaerenses dominados por
los piqueteros argentinos o en las reconstruidas comunidades indígenas
bolivianas o ecuatorianas. Si también para la izquierda mundial
y para todos los movimientos antisistÉmicos planetarios el neozapatismo
ha sido una fuente de inspiración, que los reanimó y relanzó
fuertemente después del profundo impacto regresivo provocado por
la caída del Muro de Berlín (1) , sus conquistas alcanzadas
dentro de esta vía de la creación de un verdadero contrapoder
popular siguen siendo un fundamental ejemplo a imitar y a seguir por parte
de todos los países del mundo que se ubican más allá
de nuestra América Latina. Esto, por lo demás, sólo
confirma el hecho de que hoy, en 2005, América Latina se encuentra,
y no casualmente, en la clara posición de ser el frente de vanguardia
mundial de todos esos movimientos antisistÉmicos del mundo, frente
de vanguardia que por ello ha creado ya todas esas experiencias prácticas
de los Asentamientos, las Juntas de Buen Gobierno, los Barrios Piqueteros
Autogestionados o las Nuevas Comunidades Indígenas Autónomas
antes referidos.
El sentido de la apuesta de la Sexta y los riesgos
que enfrenta
Desde este brevísimo balance de lo que ha representado
múltiplemente el neozapatismo en su decenio de vida pública,
resulta mucho más claro el sentido y la intencionalidad de su iniciativa
y de su convocatoria, contenidas en la Sexta Declaración de la
Selva Lacandona.
Así, en primer lugar, se trata en lo fundamental de extender
a nivel de todo México las principales conquistas ya alcanzadas
a nivel del estado de Chiapas, es decir, de convertir el movimiento indígena
mexicano en un verdadero actor social reconocido, potente, permanente
y capaz de transformar la situación de los indígenas, hasta
cumplir la consigna de que no exista nunca más, un México
sin sus pueblos indios. Si los indígenas son ya en Chiapas un poder
incontestable, el primer objetivo de la Sexta, que nos reitera que no
dejarán de luchar por los indígenas mexicanos, es el de
hacer de estos últimos también un poder social en escala
nacional.
En segundo lugar, se trata de dar organicidad y permanencia,
una vez más a nivel nacional, al vasto descontento popular que
prolifera en todos los rincones de México y que hasta hoy sólo
se ha manifestado de manera cíclica, esporádica e irregular.
Pues si la hasta hoy inconstante, y a veces hasta un poco veleidosa sociedad
civil, ha apoyado siempre en los momentos críticos a los zapatistas,
pero que refluye una vez que dichos momentos álgidos se apagan,
de lo que se trata ahora es de vincular en un solo frente unificado a
todos esos movimientos de resistencia popular y a todas las clases subalternas
descontentas, para crear una fuerza social nacional que obligue al gobierno
en turno (sea de derecha, de ultraderecha, de centro o de centro moderado)
a tomar en cuenta a esas clases populares y a esos movimientos de protesta
social, Así como a sus demandas fundamentales.
Se trata de que esa fuerza social nacional se convierta en un
actor e interlocutor permanente y poderoso dentro del espectro político
nacional y se encamine a crear en el futuro cercano esa situación
de dualidad de poderes que hoy se vive ya en Ecuador o en Bolivia y hacia
la que avanzan también Argentina o Brasil, entre otras naciones
latinoamericanas, una fuerza social de dimensión nacional que deberá
construirse a partir de la Otra Campa a a la que convoca el movimiento
indígena neozapatista, Campa a paralela y trascendente de la Campa
a electoral mexicana de 2006, que deberá retomar la urgente agenda
de los problemas nacionales que hoy no es atendida por ninguno de los
partidos políticos existentes y que debe abarcar, entre otros puntos,
desde la recuperación integral de los Acuerdos de San Andrés
(aún inconclusos, pues sólo se discutieron y acordaron los
temas de una mesa, de las cuatro originalmente previstas), hasta la grave
migración a Estados Unidos de medio millón de mexicanos
por a o y pasando por el rechazo a la privatización de Pemex o
de la energía eléctrica, la urgente renacionalización
de los teléfonos y de los bancos, el problema de la baja galopante
del salario real y el empobrecimiento general de la población mexicana,
la inminente crisis y colapso del campo mexicano, el colapso del Estado
y de sus instituciones de salud, de educación y de seguridad, la
crisis de la clase política en su conjunto y de todos los partidos
políticos en México o la crisis cultural global de todos
los valores y la destrucción del tejido social a nivel familiar,
barrial, local y en general.
La agenda nacional de urgente resolución permitirá
construir el Programa Nacional de Lucha que debe enarbolar la nueva fuerza
social nacional a partir del ejercicio de Otra Política, tan radicalmente
distinta a la actual que no debería ya nombrarse con este mismo
término de política. La Otra Política se construye
desde el principio del mandar obedeciendo y desde la lógica de
la construcción del contrapoder popular, que en un primer momento
podría culminar en un nuevo Constituyente y en una nueva Constitución,
pero que sin duda no se agota ni se detiene para nada en aquél
y en Ésta.
En tercer lugar, la reciente iniciativa contenida en la Sexta
Declaración propone explorar los caminos para ampliar y generalizar,
a nivel de todo México, la experiencia de las juntas de buen gobierno
y de los municipios autónomos zapatistas, pues, si bien es lógico
que cada grupo o clase o estrato o sector social posee sus propias peculiaridades,
eso no impide que podamos intentar también, de un modo más
generalizado y en todo el país, la creación de esos islotes
de autogobierno y de autonomía popular que, funcionando como los
embriones de una nueva sociedad y como los espacios ya liberados de las
lógicas capitalistas y mercantiles hoy todavía dominantes,
serán, a la vez, los puntos de apoyo principales de ese contrapoder
popular y de ese nuevo bloque histórico hegemónico en vías
de gestación y afirmación.
Finalmente y en cuarto lugar, el neozapatismo vuelve a recordarnos
que el destino profundo de los movimientos anticapitalistas y de las distintas
iniciativas de rebelión de las clases subalternas no se juega ya
exclusivamente a nivel local y ni siquiera en escala nacional, porque
-si el objetivo final de todos estos movimientos e iniciativas es el de
cambiar el mundo- toda iniciativa y propuesta tiene que ser pensada también
a nivel local, regional y nacional, pero igualmente en su dimensión
planetaria global, ya que no habrá ese otro mundo todavía
posible, si no pensamos nuestras protestas, nuestras acciones y nuestras
iniciativas también en esa escala global.
Por eso, los neozapatistas van a realizar un nuevo encuentro
intergaláctico a finales de 2005, en donde sin duda tejerán
los vínculos para un diálogo más orgánico,
permanente, fluido y diverso tanto con los otros movimientos indígenas
de toda América Latina, como también con todos los otros
movimientos sociales de la actual rebeldía latinoamericana e igualmente,
con todos los otros movimientos altermundistas del orbe, agrupados por
ejemplo en el Foro Social Mundial, el que de un modo inexplicable y hasta
cierto punto absurdo no ha incluido aún al propio movimiento neozapatista,
por el simple prurito de que se trata de un supuesto movimiento armado.
Esto contrasta de una enorme manera con el hecho de que, como lo han declarado
ellos mismos, los zapatistas son en realidad la guerrilla más pacífica
de todo el planeta.
El diálogo latinoamericano y mundial es vital para el
neozapatismo mexicano(2) porque, mediante él, el zapatismo puede
aprender y enriquecerse con las experiencias venidas de todo el mundo
y, a la vez, podrá igualmente revivificar y potenciar en una medida
importante al actual debate mundial en torno a las vías, los métodos
y los mejores caminos para acceder a ese otro mundo todavía posible,
es decir, a ese otro mundo, en el que quepan todos los mundos.
Como sucede siempre, la medida de la apuesta es también
la medida de los riesgos que ella implica. De manera valiente y admirable,
los zapatistas están dispuestos a arriesgarse a perder los enormes
logros que hasta hoy han conquistado, pues corren sin duda el riesgo,
con esta nueva iniciativa contenida en la Sexta Declaración, de
dejar de ser un poder local-estatal incontestable y de ver desaparecer
esos excepcionales embriones de la nueva sociedad que son las juntas de
buen gobierno; también pueden perder su condición de fuerza
social y política nacional, lo mismo que su estatuto como ejemplo
práctico importante y como referente simbólico de todos
los movimientos antisistémicos en América Latina y en todo
el mundo, pero, como un jugador inteligente, que sabe que se acerca el
desenlace final de toda la partida, apuestan todo esto y más al
mejor número posible, al número trece, pues el número
trece era un número especial de las civilizaciones indígenas
prehispánicas y el mes trece de cada a o es, lógicamente,
el nuevo amanecer de un a o que es ya diferente y por tanto siempre nuevo.
Siguiendo entonces esta profunda e inteligente lógica del oxímoron
y de las paradojas, apostemos entonces con ellos todo nuestro esfuerzo,
toda nuestra inteligencia y toda nuestra solidaridad, confiados de manera
optimista en esa antigua y profunda sabiduría del México
indio de ayer, de hoy y de mañana.
1 Sobre este punto, cfr. el ensayo de Immanuel Wallerstein, Los zapatistas:
la segunda etapa, en el diario La Jornada del 19 de julio de 2005 y también
la entrevista Chiapas y las nuevas resistencias de América Latina,
en Contrahistorias, No. 5, México, 2005.
2 Habíamos ya insistido, en ocasión de los diez a os de
vida pública del neozapatismo, en estas encrucijadas que Él
enfrentaba y que ahora asume centralmente con la Sexta Declaración.
Al respecto, cfr. nuestro ensayo: Encrucijadas del neozapatismo. A diez
a os del 1 de enero de 1994 en la revista Contrahistorias, No. 2, México,
marzo de 2004.
http://memoria.com.mx/node/678
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