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14 de Septiembre de 2005
En la reunión de organizaciones indígenas de la sexta declaración,
la representante de la Nación Purépecha planteó un
reto por enfrentar en "la otra campaña" cuando dijo,
"coincido con los otros compañeros que a veces los de izquierda
no entienden del todo al movimiento indígena. Están analfabetos
en cuestión de la autonomía de los pueblos."
La relación entre indígenas y no indígenas, como
parte de un proyecto de liberación nacional y de la construcción
de nuevas formas de hacer política, ha recibido escasa atención
en las reuniones de la sexta, salvo el caso excepcional de la reunión
de organizaciones indígenas. Sin embargo, transformar viejas prácticas
políticas basadas en ideologías de asimilación ha
sido una de las tareas principales a la cual nos hemos dedicado a lo largo
de estos doce años de lucha zapatista.
En el 2001, cuando el Congreso de la Unión rechaza la ley Cocopa
y la Suprema Corte de Justicia de la Nación declara la improcedencia
de las más de 300 controversias indígenas, se agotan las
posibilidades de que el estado cumpla con los Acuerdos de San Andrés.
A pesar de ello, dicha lucha política generó amplios debates,
discusiones y prácticas entre ciudadanos acerca de lo que implica
construir relaciones sociales basadas en el respeto a la diferencia. Recordemos
el experimento novedoso y radical que fue el proceso del lado del EZLN
en los Diálogos de San Andrés y el diálogo nacional
llevado a cabo a través del intercambio de palabras entre personas
que fue la Consulta por los Derechos y Cultura Indígena en 1999,
tan solo como dos momentos históricos que reflejan la construcción
de nuevos métodos realmente innovadores que facilitaron estas posibilidades
de encuentro entre individuos.
Si la sexta declaración propone entablar una lucha anticapitalista
que parte de las realidades que viven distintos sectores indígenas
y no indígenas de la sociedad para así generar propuestas
que construyan una nueva nación fundada en la pluri-etnicidad,
entonces tenemos la gran responsabilidad de reflexionar críticamente
en torno a las prácticas políticas realizadas hasta el momento
dentro del zapatismo. Para ello, un punto de partida fundamental es rescatar
como, durante ésta década de lucha por el reconocimiento
de los derechos y cultura indígena, hemos aprendido a relacionarnos
respetando las diferencias, al igual de identificar los obstáculos
por superar en la construcción de nuevas formas de hacer política
que no solamente escuchan y traducen nuestras experiencias, sino que ayudan
a transformar los elementos que han posicionado a distintos sujetos en
relaciones de dominación y de subordinación.
La importancia de dicha tarea se vuelve aún más aparente
si vemos cuántas veces en las reuniones de la sexta se ha abordado
las relaciones entre grupos étnicos, y aquí incluyo la categoría
del mestizo, comparado a las veces que se ha abierto el debate que tanto
ha consumido la izquierda históricamente- cómo se transforma
la sociedad en función a cómo se relacionan las organizaciones
con entidades estatales, en éste caso con el proceso electoral
y con el PRD.
En los espacios de contrapoder que se han construido, reorganizado y fortalecido
en estos años, vale la pena preguntarnos, ¿a través
de cuáles discursos y prácticas hemos aprendido a ejercer
lo político de tal forma que se generan las posibilidades de escucharnos
desde nuestras distintas posiciones étnicas y de género?
¿A través de cuáles mecanismos se han mantenido prácticas
de exclusión étnicas y de género en el centro del
quehacer político de la llamada izquierda? ¿De qué
manera las prácticas y los conocimientos del movimiento indígena
en general, y de las mujeres indígenas en particular, han descentralizado
esas posiciones hegemónicas de una izquierda tradicional? Es decir,
vale preguntarnos al inicio de una nueva etapa, qué hemos aprendido
en la anterior y cuáles son los obstáculos aún por
superar.
Contestando preguntas como las arriba mencionadas nos puede llevar a construir
un puente necesario entre esta nueva etapa y la última década
de lucha por el reconocimiento de los derechos y cultura indígena,
que si bien recordamos nunca se planteó simplemente como un respeto
a las diferencias étnicas, lo que hubiera significado un “pluralismo”
neoliberal, sino como un punto medular en la transformación profunda
y plena de la sociedad.
Durante su intervención en la reunión de la sexta de colectivos
y ongs, Don Pablo González Casanova hizo referencia a esta necesidad
de reflexionar acerca de los aprendizajes sembrados en estos años
cuando resaltó el concepto de dignidad como una aportación
fundamental, que ha hecho el movimiento indígena ligado al zapatismo,
a la definición actual de lo que constituye lo político.
¿Cómo se han transformado las prácticas de la “izquierda”
como resultado de contribuciones y aprendizajes como esta y cómo
podemos asegurar que formen parte de una nueva etapa de lucha anticapitalista
por la transformación nacional?
Con este llamado, no quiero dar la impresión de que estas discusiones
no se hayan dado a lo largo de estos años entre organizaciones,
colectivos y entre ciudadanos. Es todo lo contrario. Es precisamente porque
sí se han dado que se debería abrir el debate de forma pública
en el espacio de "la otra campaña", de la misma forma
en que se ha abierto la discusión sobre las relaciones que organizaciones
de izquierda puedan o no mantener con los partidos políticos. Creando
colectivamente dichos espacios de debate es un paso fundamental en la
creación de prácticas y mecanismos que nos permitan escuchar
los múltiples alfabetos con las cuales en “la otra campaña”
le podamos dar un sentido desde abajo a la democracia, esa palabra tan
abstracta y a la vez tan llena de potenciales transformadores.
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