La
Jornada. Jueves 11 y Viernes 12 de agosto de 2005
I
Cinco años han transcurrido ya de la administración
foxista y hemos tenido graves retrocesos en múltiples aspectos:
diplomáticos, económicos, agrarios, migratorios, policiacos
y ecológicos. En este contexto de retroceso y tensiones sociales
no podíamos esperar una mejoría en el conflicto de Chiapas.
La militarización en la región no ha tenido cambios sustanciales
por parte del Ejército Mexicano. En cuanto a los grupos paramilitares,
su fortalecimiento y crecimiento han sido constantes gracias a una derrama
económica selectiva que tanto el gobierno federal como el estatal
han venido efectuando sistemáticamente. El riesgo de perder esos
recursos económicos facilita, por un lado, la docilidad de muchas
comunidades no zapatistas; por el otro, propicia la confrontación
y tensión social con las comunidades zapatistas. El intento de
involucrar al EZLN con el cultivo de enervantes, por último, fue
una grave señal del Ejército.
La alerta roja del EZLN vino a revelar al mundo y al país
que la militarización continúa y que sigue constituyendo
el mayor riesgo de violencia en la región. Los grupos paramilitares
se han fortalecido, en efecto, aunque en este momento estén contenidos,
sin abrir fuego. Pero son los que aseguran que los presupuestos de desarrollo
social de los gobiernos federal y estatal fluyan selectivamente a las
comunidades y regiones donde ellos se encuentran, de manera que podíamos
decir que en cierto modo su influencia ahora también es económica
y política. En este aspecto podemos hablar de coincidencias o de
continuidad de políticas federales hacia el conflicto de Chiapas
durante los gobiernos de Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y
Vicente Fox. Porque, en realidad, el presidente Fox no aclaró,
al afirmar que en “quince minutos” resolvería el conflicto
de Chiapas, a qué día, año, década o siglo
pertenecían esos minutos; por lo tanto, siguen pendientes los relojes
sociales de ese cuarto de hora mítico.
Ahora bien, muchos se preguntan en México, y fuera de
México, si con un eventual triunfo de Andrés Manuel López
Obrador en las próximas elecciones federales de 2006 podría
tener solución el conflicto de Chiapas. Debemos responder que es
difícil saberlo, porque no se trata solamente de la convicción
de un gobernante, sino de una negociación real y a fondo, y por
ello gradual, con viejas fuerzas políticas y económicas
de Chiapas y de otras zonas del país. Quiero decir que la solución
del llamado conflicto de Chiapas no puede ser resultado de una sola decisión
personal ni puede contemplarse como una acción inmediata y rotunda,
sino como un proceso social complejo. La esperanza (para emplear un término
cercano a los seguidores de López Obrador) de una solución
rápida del conflicto se origina posiblemente de una premisa que
no se corresponde plenamente con la realidad: creer que el poder de un
gobernante es suficiente para transformar la sociedad entera. O mejor
aún, creer que con el cambio de un gobernante cambia la sociedad
entera. Este tipo de premisas forma parte indisoluble de las tradiciones
del poder cupular.
En Bolivia han cambiado en poco tiempo varios presidentes de
la república sin que esos cambios hayan provocado una transformación
social del país suficiente para eliminar precisamente las causas
sociales que provocan las continuas renuncias de los mandatarios. En Ecuador
y Perú los cambios violentos o electorales de gobernantes no trajeron
automáticamente las transformaciones sociales esperadas. En México
el ascenso de un gobernante panista sólo reafirmó las políticas
económicas de los dos anteriores presidentes priístas, de
manera que el cambio consistió, parafraseando a Ovidio y a Rubén
Bonifaz Nuño, en decir (y hacer) de otro modo lo mismo.
Los cambios de gobernantes no traen aparejadas automáticamente
transformaciones sociales. Pero sobredimensionar las figuras de los gobernantes
es una dinámica natural en los sistemas de poder cupular y en las
elites de partidos, porque es el único recurso para crear diferencias
en plataformas políticas que son coincidentes o cada vez más
semejantes. Por ello, la pasarela de precandidatos suele ser tan sólo
un cambio de luces en la continuidad de las elites políticas. En
este contexto de poder cupular, ¿quién nos asegura que una
o dos figuras prominentes de la elite perredista podrían transformar
positivamente nuestro país? ¿Acaso nuestra sociedad es un
objeto pasivo que está a la espera de que un gobernante dé
la orden del cambio para que en automático comience a transformarse?
En este contexto, insisto, ¿por qué la Sexta Declaración
de la Selva Lacandona y recientes comunicados y expresiones del EZLN y
del subcomandante Marcos han causado desconcierto o desazón en
muchos medios y en las cúpulas perredistas?
Una vez aclarado por La Jornada y por la carta del subcomandante
Marcos dirigida a Benito Rojas Guerrero que en ningún momento dijo
en relación a los seguidores de López Obrador, “si
están con ellos no están con nosotros”, permanece,
sin embargo, en el PRD y fuera de él, como una cuestión
conflictiva la ubicación, autodesignación o definición
de las fuerzas de izquierda en el país. Aunque la cuestión
fundamental planteada por el EZLN creo que es más profunda y clara:
convocar a un reordenamiento de la izquierda y del cambio social del país
no desde la perspectiva de las cúpulas de poder, sino desde las
bases sociales. Porque, en efecto, suelen olvidar los políticos
que entre las elites de poder un país se ve diferente desde la
realidad de los pueblos. Las campañas políticas por ello
parten primero de un reforzamiento de la identidad partidista, como veremos
mañana, en la siguiente entrega.
II
Decíamos en la entrega anterior que la cuestión
fundamental planteada por el EZLN era, a nuestro juicio, convocar a un
reordenamiento de la izquierda y del cambio social del país no
desde la perspectiva de las cúpulas de poder, sino desde las bases
sociales. Señalábamos, asimismo, que una vez aclarado que
el subcomandante Marcos en ningún momento dijo en relación
con los seguidores de López Obrador “si están con
ellos no están con nosotros”, permanecía, sin embargo,
dentro del PRD y en los medios, como una cuestión conflictiva la
ubicación, autodesignación o definición de las fuerzas
de izquierda en el país.
Es una tradición en la izquierda de todo el mundo el
ejercicio de la descalificación, ciertamente, y México no
ha ido a la zaga en esta inercia de autoproclamarse algunos como representantes
verdaderos de la izquierda y de descalificar a los demás como tales.
Pero creo que no estamos asistiendo a un nuevo episodio de descalificaciones
o autoproclamaciones gratuitas, o al menos, que no tendría sentido
reducirlo así.
Decía que las campañas políticas están
partiendo primero de un reforzamiento de la identidad partidista. Tal
identidad no sólo compete a las figuras prominentes de las elites
mismas, sino a varios sectores de la totalidad de sus miembros. Entre
los precandidatos panistas y sus elites no ha sido extraña la defensa
o el planteamiento de una identidad y continuidad histórica frente
a grupos renovadores o pragmáticos de nuevo cuño. ¿Quién
es más panista que otro? ¿El más antiguo y de mayor
identidad? ¿El más reciente y de mayor pragmatismo? ¿El
que conserva los principios, pero no gana elecciones, o el que los va
modificando y adaptando conforme ejerce el poder? Quizás este proceso
de revaloración de los principios partidistas conduzca a las elites
panistas a una redefinición de su propio partido. Al menos ahora
la definición de sus contenidos ideológicos todavía
parece operar como un dique al pragmatismo radical.
Entre los precandidatos perredistas se habla también
de identidad y continuidad histórica porque suponen algunos que
de ahí debería derivarse la idoneidad mayor de ciertas figuras
prominentes para ser postuladas como candidatos a gobernantes. Pero a
diferencia del PAN, aquí se desdibujan quizás varios derroteros
de continuidad histórica. En efecto, presentan más ángulos
difíciles de uniformar en una sola identidad partidista las muchas
“izquierdas” que en el PRD se fusionan: la izquierda que proviene
de las antiguas fuerzas comunistas, la que proviene del movimiento del
68, la de los movimientos guerrilleros de los años 70, del PRI
de los 80, de partidos posteriores del trabajo y, finalmente, otra izquierda
que en años recientes ha abandonado el PRI en coyunturas siempre
electorales, siempre en “campañas”.
Este tipo de pluralidad ideológica, o si se prefiere,
esta abundancia de matices o de pragmatismos en una identidad partidista,
ha sido incomparablemente mayor y constante en el PRI y no se ha reflejado
en un proceso que pudiéramos llamar de descomposición institucional.
Sus escisiones, incluso, no han reflejado la magnitud de la diversidad
que posiblemente sigue conteniendo la totalidad de la membresía
del PRI ni, particularmente, los giros o involuciones de objetivos sociales
y de políticas económicas que han sufrido las elites de
ese partido desde la imposición de los modelos neoliberales o globalizadores
en México y en la plataforma ideológica del partido mismo.
¿Quién podría negar, por ejemplo, que los nuevos
dirigentes de la CTM y del SUTERM son ejemplos claros de la identidad
y continuidad del movimiento obrero que fortaleció a los gobiernos
priístas y que, siempre al servicio del poder cupular, sostuvo
también generosamente a la actual administración panista?
No ha sido un asunto fácil para los priístas debatir, impugnar
o aceptar en la cúpula misma de su partido si la inminente próxima
dirigencia ha sido menos priísta que las demás, si ha sido
fiel o no al partido y, por ello, si la llegada de Elba Esther Gordillo
lo fortalecerá o lo debilitará.
El PRI se transformó y dejó atrás sus principios
ideológicos e históricos al convertir el neoliberalismo
en la etapa moderna de la Revolución Mexicana, cuando en verdad
era su versión opuesta y enfrentada. El neoliberalismo le quitó
su ideología social y su compromiso declamatorio con una revolución
extinta. Hace 20 o 25 años el PRI hubiera impugnado y considerado
lesivo para México el proyecto económico que respalda ciega
y disciplinadamente desde la administración de Carlos Salinas de
Gortari. En este sentido, el descalabro del PRI comenzó por una
fuerza proveniente de su interior, pero ideológicamente ajena a
él. El PRI apostó, por disciplina política, contra
sí mismo.
Pero ni esta contradicción de gran magnitud ni la pérdida
del poder durante los últimos cinco años han logrado desmantelar
estructuralmente, quiero decir, “pragmáticamente”,
al partido mismo. No hay un partido político que ilustre mejor
los cambios, contradicciones, embates o diversidad ideológica que
si bien pulverizan una identidad programática no llegan al extremo
de disolverlo. ¿Esta permanencia se debe a su capacidad pragmática
o, por el contrario, es sólo resultado de la continuidad en el
poder a la que durante décadas le han llamado institucionalidad
o disciplina institucional? Es posible que si las administraciones panistas
se prolongaran durante dos o tres sexenios más en el poder federal
descubrieran o crearan su propio universo de disciplina institucional.
¿Podría decirse lo mismo en el caso de la posible prolongación
en el poder regional, estatal o federal de las administraciones perredistas?
¿Habría alguna diferencia más allá del pragmatismo
que hoy une o hace coincidentes a todas las elites? Las campañas
de este poder cupular se elaboran ahora con equipos particulares de las
elites y se expresan en una estrategia de mercadotecnia que privilegia
las encuestas y los medios escritos y electrónicos.
Así pues, “la otra campaña”, la que
surge desde la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, no sólo
está enviando una señal inequívoca al PRD, que es
el único partido que tiene ya definido material, aunque no formalmente,
su candidato. No es un llamado sólo a un partido de izquierda,
por más que muchos creamos que sería el más obligado
a atenderlo. La señal es clara: el país que los políticos
divisan desde la campaña de las elites del poder no es el que día
con día se abre paso en nuestra violenta realidad. Antes de que
se derrumbe, todo México debería sumarse a la otra campaña:
oír al país desde abajo, partir ahora desde abajo, dejar
el aire enrarecido de las elites que por seguir apoderándose del
país lo están desmantelando lastimosamente.
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/ago05/050811/017a1pol.php
y http://www.jornada.unam.mx/2005/ago05/050812/018a1pol.php
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