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La Jornada. Jueves 21 de julio de 2005
Tanto el subcomandante Marcos como Cuauhtémoc Cárdenas
han reprochado a Andrés Manuel López Obrador no ser de izquierda,
y el primero extiende su crítica a todo el PRD. Surge inevitablemente
la pregunta: ¿qué querrá decir hoy, en nuestro país,
ser auténticamente de izquierda? Es obvio que hay al menos cuatro
herencias de los modelos clásicos (a los que suponemos que está
ligado el referente "la izquierda"), que no parecen decirnos
ya mucho: uno, tomar el poder a través de un acto violento revolucionario;
dos, establecer un campo del conflicto que tenga por objetivo desposeer
a la clase burguesa de su control sobre los medios de producción
y sustituirla como clase dinámica del desarrollo; tres, organizar
un escenario de confrontación que alinee, de un lado, en forma
de acumulación de fuerzas, a los sectores explotados, marginados,
excluidos y enfrentarlos a las fuerzas de la dominación económica,
política, mediática y militar, nacional e internacional;
cuatro, construir una convergencia de voluntades políticas que
devenga Estado y autoridad y desde ahí redimir a lo nacional, a
lo popular y a las clases desposeídas.
El primer punto no tiene discusión, el propio zapatismo
ha cobrado distancia con respecto a la violencia y, aunque pueda argumentarse
que la historia de las colectividades no es ajena para nada a las rupturas,
a la confrontación y a la sangre, creo que más de 99 por
ciento de los habitantes de este país pensamos que no es el camino.
El segundo punto es más sencillo de entender, pues en nuestras
sociedades es cada vez más difícil encontrar burgueses de
carne y hueso caminando por las banquetas, porque, entre otras cosas,
se trata de países en desindustrialización acelerada (tanto
Cuauhtémoc Cardenas como López Obrador se reúnen
con los últimos que quedan, a los que el capital trasnacional aún
no les ha hecho ofertas irresistibles para vender sus negocios, y se reúnen
también con los poquísimos que han logrado engancharse a
la clase Forbes).
Qué diéramos por tener unos actores dinámicos
empresariales como en tantas regiones de España, o como en Francia,
donde aún se defiende una parte del campesinado medio y donde una
"pequeña burguesía de tendajón" es capaz
de vender productos alimenticios de primera calidad y con esos ingresos
educar a sus hijos en las universidades y darles una calidad de vida respetable.
Así que hoy, ser de izquierda querría decir, más
que acabar con la burguesía, reconstruir a los actores dinámicos
empresariales intermedios y en general reconstruir a los actores sociales
medios en sus organizaciones laborales, en sus espacios urbanos, en sus
cuencas, en regiones medias campesinas, indígenas y en general
en sus espacios territoriales, algo que significa fortalecer y densificar
lo social y no destruirlo en beneficio de un actor estatal centralizador.
El tercer punto, el que acaban de plantearnos el zapatismo y
Marcos en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona tiene un sentido
ambiguo: nos dice que aprovechando esta época electoral los desposeídos
deben hacerse presentes desde todas partes (indígenas, amas de
casa, párrocos, vendedores ambulantes, estudiantes...) en consonancia
con las confluencias altermundialistas (intergalácticas), donde
se congregan poderosos sindicatos, agrupaciones ecologistas, de género,
gays y lésbicas, campesinas, anarquistas... para desde esa acumulación
coyuntural discutir una nueva forma de hacer política. Se trata
de una dinámica en la que los líderes sociales pueden ser
sustituidos por los líderes políticos, y el estalinismo
y el estatismo terminen imponiéndose, porque no se ha construido
poder social.
Eso nos permite obviar el cuarto tema: la redención desde
el vértice, que encontró su fin tragicómico con la
caída de un muro. Eso no quiere decir renunciar a un poder estatal
capaz de proteger ésta o aquella área de la economía
mientras logra más competitividad (como hicieron Japón o
Corea), pero ello no tiene sentido sin el fortalecimiento del poder social.
Es obvio entonces que el tema que estamos tratando tiene que
ver con la sedimentación y con la densificación de lo social,
con el fortalecimiento y el empoderamiento de actores y fuerzas sociales,
con "la democratización de la democracia". Pero eso no
es cuestión electoral o de unos cuantos meses: es un camino que
requiere de años, en las regiones del país, en los caracoles,
como saben los zapatistas y nos lo están enseñando.
Ni la propuesta de Cárdenas ni la de López Obrador
tienen que ver con ello, no son propuestas de reconstrucción ni
empoderamiento de los actores civiles como nos lo dejaron claro con sus
fracasos en la partricipación ciudadana del Distrito Federal. Entonces
la cuestión no es si se es de izquierda o no, sino si se quiere
el poder para la sociedad o para la política. Ese sería,
en efecto, un cambio en la cultura de los mexicanos.
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050721/019a1pol.php
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