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La Jornada. Sábado 9 de julio de 2005
La Sexta Declaración de la Selva Lacandona emitida por
el Ejército Zapatista de Liberación Nacional ha desatado
una serie de opiniones en pro y en contra, muchas marcadas por una confusión
sobre su contenido y alcance, así como por la coyuntura nacional
e internacional en que se dio a conocer el documento. Algunos creen haber
visto en ella el abandono de la lucha armada por el ejército guerrillero
para pasar a la vida civil, al grado que el mismo Presidente de la República
se puso a las órdenes del subcomandante insurgente Marcos; otros
piensan que nada hay de novedad en la propuesta, pues la idea de un Congreso
Constituyente que redacte y apruebe una nueva Constitución Política
para el país viene desde la Convención Nacional Democrática
de agosto de 1994, aquel primer encuentro del zapatismo con la sociedad
civil, después de los diálogos de catedral. Unos más
opinan que se trata de una maniobra defensiva después de que Bancomer
cancelara las cuentas de Enlace Civil con los recursos destinados a las
comunidades zapatistas y el Ejército Mexicano intentara cerrar
más el cerco sobre ellos con el argumento de que en su territorio
se había descubierto mariguana, y no faltan quienes ven en ella
una forma de hacerse visibles en una época dominada por la mercadotecnia
electoral.
Las anteriores opiniones, y otras más que sin duda existen,
tienen como trasfondo también las posiciones de los opinadores,
y sus expresiones obedecen en mucho a lo que quisieran que sucediera,
aunque no sea ese el interés del grupo rebelde. En mi caso me quedo
con dos aspectos del documento que me parecen muy importantes: la ética
del discurso zapatista y la congruencia del mismo, dos elementos tan distantes
de la práctica de la clase política tradicional que muchos
ya hasta se han olvidado de ellos. Ambos provienen de su congruencia entre
el decir y el hacer, por un lado, y entre su práctica cotidiana
y su estrategia política, por otro. Ese, a mi juicio, es el valor
que más aprecia la gente, el que les granjea tanta aceptación
popular hasta en sectores que, aunque no lo dicen públicamente,
se ven reflejados en ellos.
A quienes les parece anacrónico el llamado a impulsar
una campaña nacional por una nueva forma de hacer política,
o proclamar que el movimiento indígena sólo puede avanzar
si se une a los obreros, los campesinos, los estudiantes y otros sectores
excluidos, arguyen que este fue el discurso que permeó los primeros
encuentros con la sociedad civil. Y es cierto, pero eso no quita su novedad
a la propuesta, por muchas razones. La primera, porque en la construcción
de alianzas con el zapatismo sólo prosperó la tejida con
el movimiento indígena y, en segundo, porque las demandas que le
dan forma siguen vigentes. Pero, más que eso, la novedad sigue
estando en apostar por una nueva forma de hacer política, donde
la gente sea tomada en cuenta y los programas de lucha se armen con base
en sus necesidades más apremiantes, que unidas a las de otros sectores
darán el programa de lucha nacional; donde se dejen atrás
y para siempre los viejos métodos corporativos de organización,
lo mismo que las ideas de comenzar luchando en nombre de la gente para
después escalar sobre sus espaldas en pos de algún puesto
político con qué cobrarse la militancia.
De igual manera, a muchos puede parecer que la idea de un Congreso
Constituyente no sea nada novedosa, y menos revolucionaria, pero es la
tendencia para lograr transformaciones sociales profundas en América
Latina y tiene su justificación en la necesidad de un amplio diálogo
nacional en el que se discutan los grandes problemas y se pueda construir
un consenso sobre la forma que debe asumir nuestro país para seguir
siendo; para que los ciudadanos nos sintamos parte de él no sólo
por haber nacido en su territorio sino porque ofrece condiciones de vida
dignas para todos. Esa es una tarea profunda que no puede dejarse sólo
a la actual clase política, porque corremos el riesgo de seguir
caminando sin rumbo. Por el contrario, se trata de generar un proceso
de diálogo y construcción de caminos para el futuro. Estamos
hablando de tareas que seguramente serán largas y con muchos obstáculos.
Pero peor es no caminar, o seguir como hasta ahora: sin conocer el rumbo
y sin certeza de dónde iremos a parar. Esa es una propuesta zapatista
bastante añeja, pero en eso se encuentra su novedad. Y en eso reside
también su ética política.
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050709/019a1pol.php
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