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La Jornada. Sábado 16 de julio de 2005
Desde hace 12 años el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) ha provocado un cisma en la izquierda latinoamericana
y occidental. Sus propuestas son osadas y rompen moldes, hasta el extremo
de ser consideradas herejías por quienes dicen estar compartiendo
sus anhelos de libertad, democracia con justicia y dignidad. Me refiero
a la izquierda institucionalizada. Sus dirigentes consideran al EZLN una
organización molesta e irreverente, por la descalificación
de sus formas de actuar. Por esta razón sus representantes toman
distancia y se enfrentan, como sucedió con la aprobación
de una ley indígena pactada al margen de los acuerdos de San Andrés.
No sin razón, el EZLN, en su Sexta Declaración de la Selva
Lacandona, señala: "los políticos que son del partido
PRI, del partido PAN y del partido PRD se pusieron de acuerdo entre ellos
y nomás no reconocieron los derechos y la cultura indígena.
Eso fue en abril de 2001 y ahí los políticos demostraron
claro que no tienen nada de decencia y son unos sinvergüenzas, que
sólo piensan en ganar sus buenos dineros como malos gobernantes
que son... O sea que ese día que los políticos de PRI, PAN
y PRD aprobaron una ley que no sirve, pues mataron de una vez el diálogo
y claro dijeron que no importa lo que acuerdan y firman porque no tienen
palabra". Pero si al PRD no le gusta que lo metan en el mismo saco
que el resto de los partidos, a la derecha, PRI y PAN, le supone un revés
en su proyecto de vender el país a las trasnacionales. Así,
el EZLN, organización político-militar, se transforma en
un sujeto político no deseado. Su existencia es un peligro para
el capitalismo trasnacional de organización neoliberal y para una
izquierda progresista.
Por otro lado, el EZLN se enfrenta y está inmerso en una
sociedad racista, con un poder político obcecado en su aniquilamiento
físico, su derrota militar y su disolución. Bajo estas coordenadas
transcurre su quehacer. Es una resistencia continua enfrentando cárcel,
provocaciones, matanzas (Acteal, 1997) y la descalificación de
su portavoz y comandancia. En estas condiciones no resulta fácil
mantener, por más de una década, una organización
político-militar. Enfrente tiene un sistema que despliega día
a día su aparato represivo e institucional-legal para su destrucción
total. Minar y ejercer presión sobre sus bases de apoyo, las juntas
de buen gobierno y, en particular, a su militancia, es la estrategia.
Desgastar hasta obtener la rendición político-militar es
el punto de mira. Aun con este handicap, el EZLN ha sido capaz de impulsar,
proponer alternativas y recuperar para una nueva izquierda mundial los
valores éticos asentados en una conducta ejemplar que refuerza
convicciones y renueva la lucha contra el neoliberalismo y en defensa
de la humanidad.
Si el alzamiento zapatista del primero de enero de 1994 concitó
la solidaridad de partidos políticos y de las gentes bien nacidas,
fue por la extrema virulencia con la cual respondió el gobierno
del PRI y por evitar un etnocidio. Gracias a la respuesta inmediata, retrocedió
en su deseo de aplicar la solución final. Sin embargo, para muchos
la insurrección y las armas eran incompatibles con una transición
democrática. Y lo más curioso, que para el propio EZLN también.
El ¡Basta ya!, muestra un potencial que une dos tradiciones hasta
ese momento incompatibles: insurrección y reforma. Si algo es evidente,
son sus principios: cambio de legalidad, transformación de la institucionalidad
vía la reforma constitucional, conquistar las libertades políticas
para toda la sociedad mexicana, defender la propiedad nacional de los
recursos y las riquezas naturales, y todo ello realizarlo sin el recurso
de las armas, debiendo callar y dejar paso a un proceso de refundación
política de la nación y la ciudadanía. Su convocatoria
a quienes creen en la vía pacífica y están dispuestos
a pactar un nuevo orden fue a la primera convención democrática,
en 1994. En este sentido, el EZLN toma distancia de las experiencias político-militares
de liberación nacional en El Salvador y Guatemala, cuya debacle
viene precedida de una concepción vanguardista y de la posterior
renuncia a la lucha antimperialista y abdicación a construir un
proyecto alternativo al capitalismo global.
Sin embargo, tras 12 años de luchas, el alzamiento del
EZLN corrobora una afirmación incuestionable desde la independencia:
las reivindicaciones democráticas en América Latina forman
parte de la historia y de las luchas de clases populares y dominadas.
Por ello la insurrección llena de rebeldía es una forma
de protesta democrática frente a las estructuras neoligárquicas,
en las cuales prima el ejercicio de la violencia y la exclusión
en el proceso de toma de decisiones. Sus demandas hablan por sí
solas: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación,
independencia, libertad, democracia, justicia y paz.
Lamentablemente, las clases dominantes no están dispuestas
a conceder derechos democráticos y no dudan en romper la institucionalidad
cuando ven amenazado su disfrute omnímodo del poder. Sin rubor,
han impuesto tiranías asesinando a lo más granado de sus
ciudadanos. Una parte de la sociedad es exterminada bajo el eufemismo
de guerra antisubversiva, anticomunista o antiguerrillera. Dirigentes
sindicales y políticos, jóvenes, niños, estudiantes,
profesionales, indígenas, campesinos y obreros engruesan la lista
de ejecutados, detenidos-desaparecidos, torturados y exiliados. Sin apego
a valor humano, justifican los horrores como imperativo de la guerra sucia.
Imbuidas del odio racial y de un desprecio hacia la justicia social, construyen
un mundo del cual se sienten amos. Educados en Londres, París o
Nueva York, hablan idiomas extranjeros, consumen productos importados
y reniegan de su identidad. Para sus intereses, los pueblos indios sirven
para ser estudiados como culturas primitivas y expuestos en museos antropológicos.
Considerados ignorantes y pendencieros, nada bueno puede salir de sus
cabezas, menos aún construir alternativas y convertirse en protagonistas.
Su lugar es el infierno y la sumisión de por vida.
Hoy, la realidad es otra. El EZLN abre brecha y presenta a su
sociedad un quehacer para crear futuro. Así, la dimensión
del presente se alarga hasta modificar el escenario del conflicto y poner
en entredicho a quienes rechazan una alternativa al orden neoliberal.
Pero desde 1994 el EZLN viene siendo un movimiento político-militar
que anuncia los cambios. Reforma, insurrección y rebeldía
contra la explotación, se unen para dar consistencia y develar
el sentido de las revoluciones sociales del siglo XXI. Demos la bienvenida
a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050716/013a1pol.php
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