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La Jornada. Lunes 4 de julio de 2005
La pérdida de responsabilidad social del Estado y la pérdida
de sentido de los sistemas políticos son dos características
del neoliberalismo, que se acompañan con el empobrecimiento y la
explotación creciente de los trabajadores y de los pueblos. Incapacitados
éstos para recurrir al derecho y a la política como instrumentos
de lucha que los ayuden a resolver sus problemas esenciales, muchos de
sus integrantes caen en el escepticismo y la desesperación, cuando
ven que las grandes manifestaciones de masas no cambian sustancialmente
al sistema de dominación y acumulación que los oprime.
Los estados no sólo pierden su responsabilidad social
sino también nacional y los gobiernos y partidos que alcanzan a
triunfar en las elecciones, o lo hacen con programas en que no mencionan
los compromisios mínimos que deberían adquirir con la nación
y la ciudadanía para cumplir con sus ofrecimientos, o si llegan
a comprometerse con sus pueblos antes de las elecciones, en cuanto triunfan
se olvidan de su palabra y la traicionan.
El problema se repite de uno a otro país de nuestra América
donde se aplica la política neoliberal. Hasta los partidos de izquierda
se suman a ella aceptando jugar el papel que el neoliberalismo les asigna
de meros grupos de presión más o menos paternalista o populista
que con migajas hacen como que quieren resolver los problemas sociales
y nacionales y que en sus campañas no usan ya ni el discurso crítico
de la izquierda, ni los términos que la definen cuando denuncia
al imperialismo y al capitalismo, al saqueo y la explotación.
México no es la excepción: Estado y sistema político,
gobierno y partidos electorales apenas dejan escuchar frívolas
protestas y vacuas demandas inconsecuentes, que están previstas
por el neoliberalismo como la falsa solución de una “democracia
usurpada”.
Esta en realidad se reduce a “una democracia de los patrones,
con los patrones y para los patrones”, a “una democracia de
los pocos, con los pocos y para los pocos”, mientras el sufrimiento
y el empobrecimiento de los pueblos indios, de los trabajadores, de las
clases medias, de los pequeños y medianos empresarios aumentan
a lo largo y ancho de un país que se deshace de sus recursos naturales,
de sus energéticos, de sus sistemas de educación, salud
y alimentación, y que dedica una parte creciente de sus ingresos
al pago de un nuevo tributo colonial llamado, eufemísticamente,
“la deuda externa”.
Estado y partidos no entienden las palabras, ni las manifestaciones,
ni las protestas y las críticas de las grandes mayorías,
salvo en periodos electorales para manipular y mediatizar a ciudadanos,
trabajadores y pueblos, convirtiéndolos en espectadores y víctimas
de sus propias desgracias.
En esas condiciones están surgiendo las más distintas
formas de plantear alternativas novedosas y eficaces en los países
de América Latina: entre los campesinos sin tierra de Brasil, entre
los cocaleros de Bolivia, en la sociedad y el Estado de Venezuela, y por
supuesto en Cuba, que sigue día a día un proceso de recreación
de la lucha por el socialismo como liberación, democracia y justicia
social, en que incluye no sólo la justicia económica sino
la distribución universal del conocimiento universitario, popular,
nacional e internacional.
En México, el Comité Revolucionario Indígena
y la Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), tras declarar “alerta roja” y haber convocado
a sus tropas y bases para consultas, han entrado en una “nueva fase
a riesgo de todo”, en que aclaran un programa de acción pacífica
a nivel nacional (y potencialmente universal) con la Sexta Declaración
de la Selva Lacandona. Se trata de un nuevo paso creador en uno de los
movimientos más originales y genuinos de nuestro tiempo. Sus integrantes
declaran que han aprendido a aprender; es decir, a seguir aprendiendo.
A las anteriores metamorfosis de un movimiento que pasó
de las guerrillas de los setentas a la declaración de la guerra
al gobierno federal, y entre inmensas presiones de la sociedad civil aceptó
acallar las armas y dar sus luchas mediante un diálogo y una negociación
que tras un acuerdo firmado por el gobierno y por todos los partidos de
México, todos -menos los zapatistas- traicionaron, negando y arrebatando
así los derechos de los pueblos indios.
A esas y otras metamorfosis de los zapatistas, que se sucedieron en medio
de mítines y manifestaciones multitudinarias en las que participó
medio México, sin que el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo
y el Poder Judicial los atendieran, se añadió un nuevo paso
inmensamente creador. Los zapatistas constituyeron las autonomías
de facto, los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, con lemas fundamentales
para la política que lucha por el interés general y el bien
común, y contra toda forma de opresión, como una novedosa
y realista política en que los que mandan aprenden a mandar obedeciendo
y en que los que luchan por el interés general se proponen de corazón
-con el auxilio de la colectividad- luchar porque todo sea para todos
y nada para uno, como personas o como grupos.
En todos esos terrenos, los zapatistas hicieron notables innovaciones
en relación a la importancia de la dignidad, de la autonomía,
del pluralismo ideológico y religioso, de la superación
de diferencias aldeanas, de diferencias de etnia o de barrio, en la articulación
de las luchas de los pueblos indios entre sí y con el resto del
pueblo mexicano y de los pueblos del mundo; en el rescate de la memoria
propia, de las experiencias vividas, y también de las que viven
y han vivido otros pueblos, culturas y civilizaciones. Juntaron así,
como nunca, lo universal y lo local, para liberar a uno y otro del coloniaje
mental o de las actitudes colonizadoras y autoritarias subsistentes. E
hicieron algo más: rearticular y redefinir la lucha nacional y
la social, la lucha de los pueblos indios y la de los trabajadores, la
de las comunidades y la de los ciudadanos.
Es evidente que las Juntas de Buen Gobierno fueron una escuela
de aprendizaje para hacer otro tipo de gobierno y otro tipo de política
controlados siempre por las bases sociales a las que el gobernante debe
obedecer mientras mande, y quien sólo manda mientras las obedezca.
Cercados y acosados por el Ejército del gobierno neoliberal
que desgobierna a México y de las oligarquías asociadas
y subordinadas, todos con sus tropas de línea, sus paramilitares
y sus políticos paternalistas que son parte de la “acción
cívica” y de la guerra “de baja intensidad”,
en tanto su misión corrresponde al azúcar que se combi-
na con el látigo y que ablanda y corrompe a una parte del enemigo
y sus bases, los zapatistas no sólo dieron una importancia extraordinaria
a la moral solidaria, política y militar, sino a la pérdida
del miedo. Redefinieron así el viejo lema de “Ni nos rendimos
ni nos vendemos”.
En el terreno de la educación, de la información,
de la persuasión, del “diálogo intergaláctico”
alcanzaron un impacto mundial, como ningún otro movimiento anterior;
y si ellos no quieren ser modelo para los demás y los demás
ni los tienen por modelo, el zapatismo se inscribió en la más
avanzada forma de hacer política que en el mundo actual existe
y que no consiste sólo en luchar contra las políticas de
extorsión, despojo y genocidio del Imperio y sus asociados nativos,
sino contra todas las nuevas acciones que “los ricos y los poderosos”
están ejerciendo para quitarles sus tierras y territorios a las
comunidades, para destruir sus sistemas propios de producción y
servicios y para someterlos todavía más con la dependencia
alimentaria y la expulsión de sus tierras, de sus casas y de los
territorios en que pretenden implantar nuevas megaempresas al apoderarse
a nivel nacional de las fuentes energéticas, en particular del
petróleo y la electricidad, de la banca y el agua, de los aeropuertos
y transportes, de los supermercados y sus redes de abastecimiento y distribución.
Todo lo anterior, con el afán de acumular poder y riquezas
y de bajar los costos de producción a costa de millones de trabajadores
y de familias que se vuelven desempleados y desechables, y que tanto los
ayudan para presionar a la baja por los salarios directos e indirectos
de los trabajadores, lo que también repercute en las clases medias
que ya no tienen posibilidad de participar en el mercado de los médicos
y las medicinas, en la educación de los profesionales del Estado
Social cada vez más privatizado ni en una “iniciativa privada”
que sólo atiende a los ricos y los ayuda a bien vivir o morir.
Los planteamientos de una política alternativa por los
zapatistas son múltiples; pero hay uno que destaca cada vez más.
En lugar de continuar alimentando la lógica del Estado están
organizando mental, moral y prácticamente la lógica de la
sociedad civil.
Esta es tan fuerte que han pasado a un proyecto en el que la
sociedad defina la política y el Estado para que éstos le
sirvan mandando, y no para que se sirvan de ellos mandándolos,
mediatizándolos y explotándolos en beneficio de grupos cada
vez más pequeños, más ricos y más autoritarios
en quienes a la falta total de “razón” parece sumarse
la falta de una “inteligencia” mínima para comprender
el peligro en que están ellos mismos incluidos al insistir por
sus intereses más mezquinos e inmediatos en una política
de criminalización, de intervención militar, de guerra no
convencional o terrorismo abierto y generalizado que de seguir tienen
todas las probabilidades de destruirlos mientras destruyen a la humanidad.
Frente a semejante insanía, que a veces sólo se
manifiesta con la frivolidad de los gobernantes y de las asociaciones
patronales y muchas más con sus crímenes, irresponsabilidades
y megacorrupciones, la nueva etapa del EZLN y los zapatistas se conjuga
con los nuevos movimientos que se encuentran en el Foro Social Mundial
y con muchos más que están creciendo y fortaleciéndose
para la construcción de otro mundo posible y necesario.
Sus comunicados de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona,
que no sólo contienen una crítica profunda y seria al modo
actual de hacer política y de gobernar, sino un proyecto de Nación
(y de Mundo) con Democracia, Libertad y Justicia, constituyen la decisión
valerosa de los zapatistas de mantener “todavía” la
vía polítca con una iniciativa que hacen en que se proponen
recorrer todo el país para dialogar y consensuar con otras fuerzas
de trabajadores, campesinos, estudiantes, intelectuales organizados y
no organizados para establecer las bases sociales de un nuevo movimiento
de liberación, en que los pueblos se organicen mental, moral y
materialmente para mandar obedeciendo y para cambiar la correlación
de fuerzas en favor de los intereses generales, nacionales, individuales
y universales.
La respuesta no se ha hecho esperar. El Frente Sindical, Campesino, Indígena,
Social y Popular, la Promotora por la Unidad Nacional Contra el Neoliberalismo,
el Frente Sindical Mexicano, y el combativo y siempre digno Sindicato
Mexicano de Electricistas, han manifestado de inmediato su solidaridad
con los zapatistas y han lanzado una convocatoria a que “caminemos
juntos, a que unamos nuestras luchas, a que hermanemos nuestras resistencias”
haciendo votos por que “pronto podamos estrechar nuestras manos”.
La nueva historia de México se está forjando.
Ni la ven ni la oyen los que van a perder, los obcecados en una política
de opresión e injusticia que cada vez pueden ocultar menos con
sus invocaciones a Dios en vano, con su poderío militar y con sus
mentiras descubiertas, realmente increíbles.
Como los zapatistas, “nosotros vemos que en nuestro país,
que se llama México, hay mucha gente que no se deja, que no se
rinde, que no se vende. O sea que es digna. Y eso nos da mucho contento
y alegría porque con toda esa gente no tan fácil van a ganar
los neoliberalistas y tal vez sí se logre salvar a nuestra Patria
de los grandes robos y destrucción que le hacen.
Pensamos que ojalá nuestro “nosotros” incluya
todas esas rebeldías...”, a todas nuestras corrientes de
pensar y hacer que otro México sea posible.
3 de julio de 2005
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050703/023a1pol.php
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