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La Jornada. Domingo 3 de julio de 2005
El viraje del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), resultante de la sexta Declaración de la Selva
Lacandona, debe ser saludado con entusiasmo porque es importantísimo
para las clases subalternas de este país y para el propio zapatismo.
Ahora, con el aval que le otorga una votación masiva de las comunidades
indígenas y la redacción por los propios comandantes de
la primera parte de la sexta declaración (después reaparecen
los chistes superficiales y el estilo de Marcos), el zapatismo chiapaneco
hace un balance positivo de su lucha pasada, se deslinda en parte del
aparatismo militar el Ejército Zapatista de Liberación Nacional
(EZLN), aunque destaca que éste fue útil en su momento para
el progreso y el avance de las comunidades, pero decide pasar a la construcción
de un frente político y social indígena, obrero, campesino,
estudiantil y popular que luche no sólo por las reivindicaciones
indígenas en Chiapas sino también por cambiar la Constitución
y por una alternativa para las clases subalternas del país.
No se gana nada con llorar por la leche derramada y con decir
que esta resolución, si se hubiese tomado en años pasados,
habría enriquecido a los movimientos sociales, dado referentes
al movimiento juvenil y a los campesinos, debilitado la influencia nociva
de los aparatos partidarios sobre ellos y la captación de dirigentes,
y habría influido positivamente en la reorientación de la
parte sana y de base del PRD contra su aparato burocrático, y el
país entonces sería diferente y el EZLN estaría menos
aislado y desgastado.
Lo que ahora cuenta es cómo encarar el frente propuesto,
que no puede tener sólo ese título (como el Frente Zapatista,
en el cual si no se está ciento por ciento de acuerdo no hay lugar
para nadie, y que se limita a citar incansable y acríticamente
a Marcos), sino que debe ser realmente abierto, plural, pluricultural,
y debe construirse en torno a un programa común, de clase y nacional.
Porque los indígenas chiapanecos se definen frente a las clases
dominantes no como multitud ni étnicamente, sino como explotados,
oprimidos, campesinos, y buscan un frente de trabajadores sobre la base
de una política a la vez social, nacional y antimperialista. Y
porque un frente se hace con quienes están de acuerdo en lo fundamental
con esa línea, aunque en otros aspectos difieran en 10, 20, 25
o hasta 45 por ciento de las posiciones y métodos mayoritarios,
ya que “frente” significa aliar matices diferentes, y “democracia”
quiere decir garantizar las opiniones de la minoría de la organización.
La sexta declaración, contra todo lo que declamaron tantos,
demuestra que los zapatistas no sólo construyen poder en las cabezas
de sus bases y gérmenes de poder estatal en las juntas de buen
gobierno y en sus experiencias autonómicas pluricomunitarias y
pluriétnicas, sino que también disputan el poder, en el
campo político, en la escala nacional (aunque no se orienten a
la toma violenta del poder estatal). Ella demuestra también que
no hay una muralla china entre la política (el cambio cotidiano
de las relaciones de fuerza mediante la lucha de clases y cultural) y
la política institucional, y que, si bien ésta corrompe,
es posible manejar materias infectas si se utilizan guantes y precauciones
y se sabe cómo hacerlo, subordinando lo institucional a los cambios
reales en la relación de fuerzas y en la conciencia y organización
de los oprimidos.
Un frente social, de hecho, es un “partido” en el
sentido no burocrático de la palabra, es decir, una corriente de
opinión organizada, con una dialéctica interna. Por eso
debe excluir el sectarismo, el fundamentalismo, el verticalismo y el caudillismo
para poder llegar a quienes, llevados por su experiencia negativa, rechazan
los aparatos partidarios, que son corruptos y fuentes de corrupción.
Por eso el EZLN debería mencionar y recordar sus limitaciones
y errores anteriores, y mostrar entonces a todos sus aliados y ex aliados,
muchas veces ninguneados o maltratados, que sí ha dado un viraje.
Pero, sobre todo, debería pasar de la retórica y las invectivas,
que llenaban las cartas de Marcosy sin duda no eran discutidas por las
bases indígenas, a los análisis y a la discusión
abierta con todos los que son zapatistas desde antes del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) o desde la aparición
misma de éste pero, no son fideístas y se permiten un “sí,
pero...”, que para el fiel suena a blasfemia.
No se puede hacer un frente con el propio reflejo en el espejo
ni con clones: el frente se hace con sujetos, con gente que piensa. Bienvenidas
sean entonces las diferencias de opinión táctica entre quienes
tienen los mismos objetivos políticos estratégicos, porque
dentro de una franja común debe haber espacio para una “geometría
variable” de opiniones. Por último, sería peligroso
que una legalización del zapatismo implicase el desarme o la aparición
pública de todos los cuadros y estructuras, para que no pase lo
que sucedió con el M19 colombiano, cuyos dirigentes legales fueron
asesinados. Como en el MST brasileño, algunos dirigentes deberían
ser públicos y otros no, y las estructuras deberían ser
preservadas. Porque esta es otra batalla, pero la guerra es la de siempre.
galmeyra@jornada.com.mx
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050703/020a2pol.php
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