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La Jornada. Viernes 12 de agosto de 2005
La Sexta Declaración de la Selva Lacandona plantea cuestiones
de fondo que deben ser analizadas en los próximos meses, más
allá de protagonismos, llamadas de atención por el estilo
directo del zapatismo en el debate, y reclamos por agravios de supuestas
víctimas o de sus defensores de oficio.
Preguntas repetidas fuera y dentro de México son: ¿de
qué manera las autonomías indígenas, que abren la
puerta a una nueva forma de gobernar desde abajo, con la participación
de todos y todas, sin intermediarios ni burocracias, pueden ser la base
de transformaciones nacionales e internacionales? ¿Cuál
podría ser la forma organizativa que asuma la resistencia mexicana
(y latinoamericana) frente a la globalización capitalista, capaz
de lograr en nuestra patria incluso un nuevo poder constituyente? ¿Cuáles
pueden ser las características de un proyecto viable de desarrollo
nacional y de inserción internacional equitativa en las actuales
circunstancias de creciente subordinación del país a Estados
Unidos? ¿Cómo enfrentar con éxito una elite política
que mantiene secuestradas todas las instancias de representación
nacional popular y cuyo único ofrecimiento real es la alternancia
de partidos en esa representación?
Interrogantes semejantes están siendo discutidos en las
reuniones iniciadas en la selva Lacandona, en las que también ha
sido tema recurrente la opción que para muchos ciudadanos representan
Andrés Manuel López Obrador y el Partido de la Revolución
Democrática de cara al próximo proceso electoral de 2006.
La posición del EZLN al respecto es ampliamente conocida y las
cartas recientes del subcomandante Marcos a lectores de La Jornada aclaran
algunos equívocos atribuidos a él. No son afanes electorales
los que mueven a los zapatistas a emprender esta nueva etapa de militancia
nacional e internacional.
Sin embargo, la decisión del EZLN de no apoyar al PRD
y a su candidato presidencial, justificada en causas coyunturales (la
traición con respecto a la ley sobre derechos indígenas,
los ataques paramilitares a bases de apoyo zapatistas en Zinacantán,
Chiapas, etcétera), se basa también en consideraciones políticas
sobre la incapacidad estructural de los partidos de la izquierda institucionalizada
para escapar de la lógica del poder capitalista y la efectividad
de éste para corromper a sus dirigencias no sólo en el sentido
individual, sino, y es lo más grave, en asumir un papel de legitimación
de un sistema político basado en la desigualdad y explotación.
El caso de corrupción en las altas esferas del PT y el
desempeño de Lula en la presidencia del Brasil son representativos
de esta reconversión que tanto daña a las opciones electorales
de la geografía política de izquierda. Pero también
lo son la involución política y moral del FSLN en Nicaragua,
los descalabros de la antigua URNG en Guatemala, y los problemas internos
graves del FMLN en El Salvador. Autocríticamente, debiéramos
preguntarnos si hacer política a través de la vía
institucionalizada en partidos ha dejado experiencias tan negativas como
para explorar nuevos caminos para el establecimiento de un socialismo
democrático y libertario.
Ya Marcos Roitman señala que la democracia de partidos,
finalmente definida por el Estado capitalista, se desvincula de la práctica
y de los sujetos sociales y termina siendo mero procedimiento de elección
de elites, una “técnica” en la que puede haber alternancia,
pero no alternativas de cambio social. En este contexto, los partidos,
incluyendo los de la izquierda institucionalizada, se convierten tarde
o temprano en “ofertas” de gestión técnica del
orden establecido, y esto lo entienden bien los zapatistas, por lo que
buscan un marco referencial distinto de la democracia a partir de su propia
experiencia en la construcción de las autonomías y el establecimiento
de sus autogobiernos.
También coincido con Roitman en concebir la democracia
como una práctica política plural en la que se construye
poder y ciudadanía desde abajo; como una forma de vida cotidiana
de control y ejercicio del poder de todos y todas desde el deber ser,
esto es, con base en términos éticos. No es un medio o procedimiento
de reproducción de estamentos burocráticos, sino un pacto
social y político, un constituyente de todos los días que
opera unitariamente, es decir, en todas las esferas y los órdenes
de la vida (El pensamiento sistémico, los orígenes del social-conformismo.
México: Siglo XXI-UNAM, 2003).
No tienen sustento las acusaciones hacia los zapatistas de “dividir
a la izquierda” y “favorecer el regreso del PRI” por
oponerse y criticar abiertamente al PRD y a su eventual candidato a la
Presidencia de la República. Ha sido el propio Partido de la Revolución
Democrática el que diligentemente durante estos años ha
cavado el foso entre esta fuerza política nacional y el conjunto
del movimiento social mexicano; el que ha actuado permanentemente en favor
de sus intereses electorales y de los grupos que en su interior deciden
rumbos y candidatos; el que ha sido incapaz de construir poder y ciudadanía
en sus gobiernos estatales, municipales y delegacionales.
Tampoco es válido (por segunda ocasión) que se
recurra al argumento del voto útil, esta vez en favor de AMLO.
Siempre hay que actuar con base en principios en la construcción
de una real alternativa de izquierda anticapitalista, y no confiar en
procesos sistémicos y en candidatos que definen sus posiciones
políticas en razón de la mercadotecnia, las encuestas de
popularidad e intención del voto o la opinión favorable
de los poderosos. A contracorriente, la Sexta y la otra campaña
van.
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/ago05/050812/022a2pol.php
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