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La Jornada. Jueves 4 de agosto de 2005
Se habla de que en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona
hubo un viraje en relación con las anteriores. Así dicho
es impreciso. Sí hubo un viraje, pero sólo hacia las Primera
y Segunda declaraciones, lo cual me parece positivo.
En la Primera se habló, a mi juicio exageradamente, de
“dictadura” y de deponer “al dictador”. Sólo
una concepción muy laxa de dictadura permitiría este calificativo
para un régimen que, ciertamente, fue muy autoritario, pero en
el que había relativas libertades de expresión, asociación
y tránsito. En otros países estas libertades no existen
y aun así muchos de izquierda no los califican como dictaduras.
Pero esto, como quiera que sea, no era lo más importantes de la
Primera, sino la estrategia planteada. En aquella Declaración el
EZLN se proponía avanzar hacia la capital del país venciendo
al ejército federal mexicano, protegiendo en su avance liberador
a la población civil y permitiendo a los pueblos liberados elegir,
libre y democráticamente, a sus propias autoridades administrativas.
Esto es, el EZLN liberaría, con los pueblos, a los pueblos (aunque
suene a juego de palabras) e, indirectamente, se hablaba de la toma del
poder, no necesariamente por parte de los zapatistas, pero sí de
los pueblos liberados.
La Segunda fue un poco más precisa y apareció un
concepto renovado que se repetiría hasta ahora: la Sociedad Civil
(así con iniciales mayúsculas). También se dijo que
el partido en el poder debía perder éste y que el presidencialismo,
“que lo sustenta” impedía la libertad. Se habló
entonces de transición a la democracia y que la posibilidad de
ésta estaría en manos de la sociedad civil organizada. La
Convención Nacional Democrática sería el inicio de
esa organización de la sociedad civil. Se convocaba también
a los partidos políticos independientes (es decir, no alineados
con el PRI, llamado “partido de Estado”) a “que se pronuncien
por asumir un gobierno de transición política hacia la democracia”.
Deberá notarse, pienso, que el EZLN se dirigía a los partidos
independientes, pero que no se decía que éstos no participaran
en elecciones. Igualmente se privilegiaba la transición a la democracia
y, según yo, se entendía que ésta no sólo
sería tarea de la sociedad civil, sino también de los partidos
políticos independientes para lograr un gobierno de transición
que, en esa lógica, nos llevaría a la democracia.
En relación con los compromisos del gobierno con el EZLN
(referidos al diálogo de San Cristóbal), éste decía
que su cumplimiento implicaba, “necesariamente, la muerte del sistema
de partido de Estado” (cursivas mías). Y se añadía
que la “muerte” del “actual sistema político”
era “condición necesaria, aunque no suficiente, del tránsito
a la democracia en nuestro país” (cursivas mías).
Esa supresión del “sistema de partido de Estado” se
dio, desgraciadamente, por la derecha, con el triunfo de Fox y seis años
después del gobierno de Zedillo. Pero, aunque se acabó con
ese sistema, no se cumplieron los compromisos de entonces ni los adquiridos
por el gobierno en San Andrés resultado del segundo diálogo.
Otro aspecto muy importante, y que he querido resaltar en Mi
paso por el zapatismo (Océano, 2005), fue cuando se dijo que “Chiapas
no tendrá solución real si no se soluciona México”.
Esto, en mi interpretación, quiso decir que sin cambios en México,
que tienen que ver con un régimen político distinto y una
nueva Constitución, los problemas de Chiapas y de los indios del
país serían de muy difícil solución. Y esta
concepción, luego modificada, se expresaba en la Segunda Declaración
de la siguiente manera: “'Para todos todo' dicen nuestros muertos.
Mientras no sea así, no habrá nada para nosotros”
(las cursivas son mías). Esta fórmula fue invertida de alguna
manera al comenzar por la cuestión indígena en la Mesa I
(1995), en lugar de, por ejemplo, por la democracia y la justicia (que
se dejó para la Mesa II). El “mientras no sea así”
se hizo a un lado o se olvidó, y la misma fórmula, en la
Tercera Declaración, quedó de la siguiente manera: “¡Para
todos todo, nada para nosotros!”, que es muy semejante a la anterior,
pero no es igual. Faltaba el “mientras no sea así”.
Es decir, tratar de cambiar el régimen político en primer
lugar, más otras precondiciones que habían sido señaladas
desde la Primera Declaración y en decenas de comunicados, y luego
resolver los problemas de Chiapas.
El segundo semestre de 1995 hubo un viraje, y éste, según
mi modesta interpretación, ha sufrido con la Sexta Declaración
un nuevo viraje para retomar, con matices importantes, las Primera y Segunda
declaraciones.
Quedan, sin embargo, varios aspectos de vital importancia en
la coyuntura que vivimos, que deberán ser discutidos. Y uno está
relacionado con el corto plazo en el que, como he tratado de explicar
en otros artículos, deberán separarse la lógica de
los movimientos sociales y la lógica de las elecciones. No habrá
cambios importantes de arriba abajo si abajo no se organiza la sociedad
para obligar a los que manden que lo hagan obedeciendo a los más
y no a los menos por poderosos que éstos sean (que lo son). Muchos
de los que apoyan a López Obrador, por ejemplo, también
apoyan a los zapatistas, y esto, pienso, no debería olvidarse,
no si se entiende que hay dos lógicas de acción. Guillermo
Almeyra escribió, en referencia a quienes creen en salvadores,
“si no tienes organización, ¿quién hará
que tu candidato cumpla sus promesas?”, y para los que no creen,
sugiere explicarles que, “incluso si hubiera en México un
millón de revolucionarios, necesitarían poder conquistar
por lo menos a otros 50 millones de subalternos para poder triunfar”
(La Jornada, 31/7/05). Me parece muy atendible esta reflexión.
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/ago05/050804/020a2pol.php
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