|
La Jornada. Jueves 4 de agosto de 2005
Quiero compartir las siguientes reflexiones con el zapatismo
en tanto movimiento social de los indígenas chiapanecos, regiones
autónomas caracolas, ejército en rebeldía, Comité
Clandestino Revolucionario Indígena y sub-comandante Marcos.
Han establecido ustedes como principio indeclinable que su movimiento
es partidario de “un mundo en donde quepan otros, si no es que todos,
los mundos”, y eso es muy generoso viniendo de una población
indígena excluida durante 500 años por la dominación,
la pobreza, el racismo y el saqueo. Han invitado ustedes a ciudadanos
y organizaciones para asistir a unos encuentros de discusión durante
agosto en la región zapatista. Al mismo tiempo, sin embargo, han
marcado ustedes, empleando en ocasiones adjetivos muy severos, las ideas
e iniciativas que son aceptables y las que no: desde los diálogos
de San Andrés, en 1995, algunas voces advirtieron sobre la inconveniencia
de que la autonomía indígena se encerrara en el ámbito
comunal, provocando atomización y debilidad ante los poderes locales
y nacionales, sosteniendo que debía tener carácter regional,
pluriétnico y democrático, tal como, en efecto, terminarían
siendo diseñados los caracoles años después; pero
muchas de esas voces, como las de Héctor Díaz Polanco y
de Consuelo Sánchez, no se atendieron y más bien se descalificaron;
luego vino el apunte de Armando Bartra recordando que las autonomías
no son puras, sino siempre entreveradas, en ellas coexisten grupos zapatistas
y otros que no lo son, y mostró también cómo en otras
regiones autogestivas del país se aprovechaban los recursos de
programas públicos, de manera que se podía luchar con un
pie adentro y otro afuera de la institucionalidad, y que el aislamiento
impuesto en el caso del EZLN por el injusto cerco político-militar
no debía ser establecido como principio general en el debate sobre
las regiones autónomas (la respuesta de ustedes vino con un adjetivo
descalificador: frívolo).
Después ustedes se expresaron de manera bastante reprobatoria,
como señaló el domingo pasado Guillermo Almeryra, hacia
el programa mínimo de 200 organizaciones (entre las que se encontraban
los electricistas y personalidades como Pablo González Casanova
y Miguel Concha), que se dieron a la tarea de conformar, en Querétaro,
el Frente Sindical, Campesino, Indígena y Popular, el cual supuso
que entraría en consonancia con el zapatismo por la vía
de un diálogo nacional, pero que se enteró con algo de desconcierto
de que ustedes no lo consideraban así.
Más recientemente hemos visto con qué furia reaccionaron
contra Víctor Toledo por haber señalado, quizás sin
mucha diplomacia, que creía más en un zapatismo silencioso,
fuera de las cámaras y los reflectores, el que ustedes han venido
desarrollando en los caracoles y el que se ha venido desarrollando calladamente
en tantos espacios locales-regionales del país, intentando resistir
a la dominación neoliberal con procesos de empoderamiento social
y lucha contra el deterioro del medio ambiente: “Con la Sexta Declaración
el EZ regresa a sus antiguas obsesiones metaterritoriales: alianza obrero-campesina,
nueva constitución mexicana, más encuentros intergalácticos...
Antes de eso hay que mostrar que se puede poner en práctica una
modernidad alternativa al sueño neoliberal en los propios territorios”.
La respuesta de ustedes fue fulminante y vino el adjetivo descalificador:
“el señor Víctor Toledo es deshonesto porque no leyó
ahí donde dice que 'vamos a seguir luchando por los pueblos indios
de México, pero ya no sólo con ellos ni sólo por
ellos'”. Pueden Toledo, muchas otras personas y quien esto escribe
estar equivocados, pero la verdad es que en un análisis de contenido
de todos los escritos que el zapatismo envía a México hay
muy pocos párrafos explicando el asunto de lo local-regional y
de la enorme riqueza que está implicada en los caracoles.
Yo personalmente escribí un libro que se refiere en varios
puntos a esas experiencias del zapatismo (y he intentado establecer colaboración
entre las juntas de buen gobierno y la UNAM con el programa Pro Regiones),
pero confieso que no me fue fácil recolectar el material de algo
que debería ser mucho más visible y ejemplo a seguir para
el resto del país en regiones rurales, cuencas, frentes ejidales
y municipales, colonias urbanas... Eso es lo que Toledo quiso comunicarles
y no se borra con un adjetivo descalificador.
Por lo demás, todos deseamos que su salida hacia los puntos
de la República en esta temporada electoral sea exitosa, muchos
trataremos de participar en las discusiones sin miedo a la rechifla y
sin saber bien si somos los enemigos o los amigos del pueblo, pero si
todo termina, como casi siempre nos ha pasado, en un fin de fiesta tórrido
entre corrientes de la izquierda, grupúsculos y demás, no
hay problema, estamos acostumbrados, eso no afecta a nadie, se habrá
logrado el objetivo de reposicionar al zapatismo con la visibilidad que
merece (siempre y cuando no se piense que es mejor Madrazo que López
Obrador, porque así se agudizarán las contradicciones).
Lo mismo pasa con la Intergaláctica, que vengan todos,
que sea una gran fiesta, porque así se sabrá en el mundo
lo que aquí pasa. Pero la verdad, como dijo el joven belga Jeoffrey,
interesado en estos asuntos: “sería bueno también
organizar un foro nacional donde se discutan los ejercicios de empoderamiento
local-regional que hay en el país”. Si se cree, en fin, que
estos ejercicios están destinados al encierro, que el trabajo de
los caracoles está condenado al localismo y al olvido, recordemos
el impacto que Solidarnösc logró desde los recónditos
astilleros de Gdansk. ¿Por qué no ser más incluyentes
y abrir la discusión sin descalificativos?
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/ago05/050804/020a1pol.php
|