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La Jornada. Martes 19 de julio de 2005
Los zapatistas ha sido inspiración para otros movimientos
antisistémicos en el mundo. En la imagen, el caracol Resistencia
y rebeldía por la humanidad, ubicado en la comunidad de Oventic
FOTO Víctor Camacho
Desde 1994 la rebelión zapatista en Chiapas ha sido el movimiento
social más importante del mundo, el barómetro y el disparador
de otros movimientos antisistémicos por todo el planeta. ¿Cómo
puede ser que un pequeño movimiento de indígenas mayas en
una de las regiones más pobres de México pueda desempeñar
un papel tan importante? Para contestar eso debemos hacer el recuento
de los movimientos antisistémicos en el sistema-mundo desde 1945.
De 1945 a mediados de los sesenta, por lo menos, los movimientos
antisistémicos (o Vieja Izquierda) -los partidos comunistas, los
partidos socialdemócratas, los movimientos de liberación
nacional- crecieron y llegaron al poder en una amplia gama de estados.
Había revuelo en torno a ellos. Pero justo cuando parecía
que estaban en la cúspide de un triunfo universal se toparon con
dos impedimentos: la revolución mundial de 1968 y el renacimiento
de la derecha en el orbe.
Por supuesto, los revolucionarios mundiales de 1968 protestaban
por todas partes contra el imperialismo estadunidense, pero también
contra los movimientos de la Vieja Izquierda. Para los estudiantes y trabajadores
implicados en los movimientos del 68, los movimientos de la Vieja Izquierda
habían llegado al poder, sí, pero no habían cumplido
las promesas de transformar el mundo en una dirección más
igualitaria, más democrática. El anhelo continuaba. Los
sesentayocheros crearon nuevos movimientos (los verdes, los feministas,
los identitarios), pero ninguno fue capaz de atraer el respaldo masivo
que habían adquirido los movimientos tradicionales en el periodo
posterior a 1945.
Además, con el despuntar de un importante viraje de la
economía-mundo, la derecha mundial cobró aliento y se reafirmó.
Los más notables, por supuesto, fueron los gobiernos neoliberales
de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan. Pero tal vez lo más importante
fue la habilidad del Fondo Monetario Internacional y del Departamento
del Tesoro estadunidense de imponer a la mayor parte de los gobiernos
de la Vieja Izquierda que continuaban en el poder una retirada importante
de sus políticas económicas, haciéndolos cambiar
el desarrollismo de sustitución de importaciones por el crecimiento
basado en las exportaciones.
Cuando el último y más fuerte de estos gobiernos
de la Vieja Izquierda -los regímenes comunistas de la Unión
Soviética y sus satélites de Europa Oriental y de Centro-
se colapsó, entre 1989 y 1991, el creciente desmantelamiento de
los movimientos antisistémicos (tanto de la Vieja como de la Nueva
Izquierda) alcanzó el punto culminante de desilusión y desencanto
acerca de su capacidad de transformar el mundo.
Pero justo cuando la marea de ideología neoliberal parecía
alcanzar su clímax, a mediados de los noventa, la ola comenzó
a virar. El punto de quiebre fue la rebelión zapatista del primero
de enero de 1994. Los zapatistas pusieron muy en alto la bandera de los
segmentos más oprimidos de la población mundial, los pueblos
indígenas, y reclamaron su derecho a la autonomía y al bienestar.
Es más, lo hicieron sin exigir la toma del poder del Estado mexicano,
sino buscando el poder de sus propias comunidades, para las cuales pidieron
el reconocimiento formal del primero. Y mientras el lado militar de su
rebelión terminó muy pronto con una tregua, políticamente
buscaron a la “sociedad civil” de México, y luego a
la del mundo entero. Acordaron encuentros “intergalácticos”
en las selvas de Chiapas y pudieron convocar la asistencia de un número
impresionante de militantes e intelectuales de todo el orbe. Cuando en
2000 llegó al poder en México un nuevo presidente (que había
sacado al decrépito movimiento “revolucionario” que
mantuvo el poder durante 60 años), los zapatistas marcharon a la
ciudad de México para exigir que los términos de los convenios
de tregua de 1996 (los llamados acuerdos de San Andrés) fueran
por fin puestos en práctica por el gobierno mexicano.
Cuando la legislatura mexicana no cumplió, pese al enorme
respaldo que los zapatistas tenían en la “sociedad civil”,
regresaron a sus comunidades en Chiapas y comenzaron a implementar su
autonomía unilateralmente, creando -de facto si no de jure- gobiernos
democráticos, su propio sistema escolar y sus propias instalaciones
de salud. Pero el Ejército Mexicano se mantuvo siempre como contrapeso
a su alrededor, amenazando potencialmente con desmantelar su estructura
de facto.
La importancia de los zapatistas fue mucho más allá
de los estrechos confines de Chiapas o aun de México. Se volvieron
ejemplo de lo posible para otros en cualquier parte. Si en los pasados
cinco años la mayoría de los países sudamericanos
han puesto a gobiernos populistas/izquierdistas en el poder, el ejemplo
zapatista fue parte de las fuerzas disparadoras. Si los manifestantes
en Seattle fueron capaces de descarrilar la reunión de la Organización
Mundial de Comercio en 1999, y pudieron hacer manifestaciones semejantes
en Génova, Quebec y otros lugares, así como este año
en Gleneagles, en no poca medida fue inspirado por los zapatistas. Y cuando
en 2001 el Foro Social Mundial aglutinó esta renovación
de la lucha antisistémica, los zapatistas fueron un modelo heroico.
Pero ahora, repentinamente, en junio de 2005, los zapatistas proclamaron
una alerta roja, llamaron a sus comunidades a abandonar los poblados e
internarse en el monte para realizar una “consulta” masiva
a la base. ¿La razón? Dijeron que ya no podían sólo
esperar indefinidamente mientras el Estado mexicano ignoraba sus promesas
hechas hace 10 años en los acuerdos de tregua. Se declararon entonces
listos “para arriesgar lo poco que habían obtenido”
(es decir, la limitada autonomía de facto sin base jurídica),
con el propósito de intentar algo nuevo. Declararon que habían
finalizado la primera fase de su lucha y que era tiempo de pasar a una
segunda etapa, que sería política y no militar, añadieron.
En la tercera y última parte de la Sexta Declaración
de la Selva Lacandona, difundida el 30 de junio de 2005, los zapatistas
brindan indicios claros de la línea política que proponen.
No hacen mención de partido político alguno, ni en México
ni en ningún otro lado. Dicen a la gente de todas partes, a quienes
luchan por sus derechos, a los que están a la izquierda, que los
zapatistas están con ellos. Hablan de crear una vasta alianza política
en México -somos indígenas, pero también somos mexicanos-.
Y hablan de crear una vasta alianza política en el mundo. Usan
un lenguaje inmediatamente incluyente -incluyente de todos los estratos
y todos los pueblos, y sobre todo de todos los grupos oprimidos-, pero
en la izquierda, sin atarse necesariamente a ningún partido.
En mi opinión, la cuestión más importante
de esta iniciativa es su sentido del tiempo. Han pasado 11 años
desde que la marea comenzó a ir contra el neoliberalismo y el imperialismo.
Pero para los zapatistas no se ha logrado lo suficiente. Tengo la sensación
de que no son los únicos que lo piensan. Tengo la sensación
de que por toda América Latina, en especial en aquellos países
donde los grupos populistas o de izquierda han llegado al poder, hay una
sensación semejante de que no es suficiente, de que estos gobiernos
han hecho muchas concesiones, de que el entusiasmo popular se agota. Tengo
la impresión de que en el Foro Social Mundial hay esa misma sensación
de que lo logrado desde que comenzó en 2001 es muy notable, pero
no suficiente, y que no puede seguir haciendo las mismas cosas una y otra
vez. En Irak y en Medio Oriente en general también parece haber
la sensación de que la resistencia al intervencionismo machista
de Estados Unidos ha sido sorprendentemente fuerte, pero, aun así,
no ha sido suficiente.
En 1994 la rebelión zapatista fue el barómetro
de un rechazo al sentido de incapacidad que había comenzado a apoderarse
del impulso antisistémico mundial. Sirvió entonces para
encender una serie de otras iniciativas. Hoy, cuando los zapatistas nos
dicen que su primera etapa ya terminó y que no podemos quedarnos
ahí, parecen de nuevo ser un barómetro de un cambio de sentimiento
en otras partes. Los zapatistas quieren moverse a una segunda etapa -política,
incluyente-, pero están todavía lejos de haber detallado
sus objetivos. ¿Serán ahora la inspiración de una
revaluación semejante por toda América Latina, en el Foro
Social Mundial y en todos los movimientos antisistémicos del planeta?
¿Cuáles serán los objetivos detallados de la siguiente
fase?
Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050719/012a1pol.php
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