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La Jornada. Domingo 10 de julio de 2005
La Sexta Declaración de la Selva Lacandona
De nuevo los zapatistas han tomado la iniciativa política
en la lucha por la democracia, la libertad y la justicia. La Sexta Declaración
de la Selva Lacandona reafirma los planteamientos centrales de su postura
política a lo largo de los recientes 11 años. Estos son:
la defensa de la memoria contra el olvido, la construcción de una
nueva patria contra la destrucción neoliberal y el ejercicio de
nuevas formas de hacer política contra el modelo partidista dominante.
Como en las cinco declaraciones anteriores, los zapatistas proponen
una serie de acciones concretas para avanzar en estos objetivos: la realización
de nuevos encuentros intercontinentales en contra del neoliberalismo y
por la humanidad, una campaña nacional para construir un programa
de izquierda y una nueva Constitución, así como la promoción
de nuevas prácticas políticas como las que están
impulsando en Chiapas los propios zapatistas en sus juntas de buen gobierno
y concejos autónomos.
Cabe señalar que estos planteamientos son producto de
la misma evolución del zapatismo desde su Primera Declaración
de la Selva Lacandona. El "¡Ya basta!" de aquel 31 de
diciembre de 1993 tuvo tres destinatarios principales: el Ejército
federal, "pilar básico de la dictadura que padecemos",
contra el cual el Ejército Zapatista de Liberación Nacional
(EZLN) declaró la guerra; los poderes Legislativo y Judicial, a
quienes pedía destituir al titular ilegítimo del Poder Ejecutivo,
y a la población mexicana, con la invitación de sumarse
a la lucha insurgente.
Como sabemos, la guerra oficial duró 12 días, el
Ejecutivo no fue destituido y gran parte de la población aceptó
las demandas, pero no los métodos del EZLN. Sin embargo, de esta
primera declaración quedaron varios elementos que han caracterizado
al zapatismo hasta la fecha. Por ejemplo, la reivindicación de
la memoria (el comunicado empieza con el recordatorio de que "somos
producto de 500 años de luchas"), la vinculación de
su lucha social con el patriotismo mexicano (que tiene la función
de evitar que sus demandas sean reducidas a un ámbito local), y
la afirmación de que la aplicación de las leyes debe reflejar
la voluntad del pueblo y no la arbitrariedad del Estado (la referencia
al artículo 39 constitucional fue repetida en varias de las declaraciones
posteriores). Por su parte, el llamado a la guerra de la primera declaración
no volvió a aparecer en ninguna de las siguientes y, de hecho,
quedó rebasado por la forma en que reaccionó la sociedad
civil.
La lucha pacífica fue claramente privilegiada en la segunda
declaración, emitida en junio de 1994 en el contexto del proceso
electoral de aquel año. En ésta los zapatistas rechazaron
la oferta gubernamental surgida de los primeros diálogos de paz
en febrero, debido a la falta de respuesta a demandas de carácter
nacional. En ese momento, el EZLN convocó a todas las organizaciones
sociales y políticas a participar en una nueva Convención
Nacional Democrática (CND), con el fin de elaborar una nueva Constitución
mediante la elección de una asamblea constituyente.
En esta misma declaración los zapatistas empezaron a formular
su concepto alternativo del poder, diciendo que "el problema del
poder no será quién es el titular, sino quién lo
ejerce. Si el poder lo ejerce la mayoría, los partidos políticos
serán obligados a confrontarse a esa mayoría y no entre
sí". Sin embargo, la CND no logró cuajar, debido, en
gran parte, a las disputas por su dirección, pero también
por el contexto adverso que se abrió con la ofensiva del Ejército
federal en febrero de 1995. Justo un mes antes, el EZLN había emitido
la tercera declaración, en la cual convocó a la CND y a
los simpatizantes del cardenismo a construir, junto con los zapatistas,
un nuevo frente de lucha (encabezado por el ingeniero Cuauhtémoc
Cárdenas), llamado el Movimiento de Liberación Nacional
(MLN). De nuevo, esta declaración enfatizó la defensa de
la nación, la centralidad de la memoria y la necesidad de impulsar
la transición a la democracia, en la cual se incluyen de manera
explícita los derechos de los pueblos indígenas a gobernarse
de acuerdo con sus propias "razón y voluntad".
Al igual que la CND, el MLN no logró consolidarse, aunque
en niveles más locales estas dos iniciativas tuvieron un impacto
más positivo, sobre todo cuando se presentó un objetivo
más concreto y de corto plazo. Me refiero a la primera consulta
nacional que el EZLN organizó en agosto y septiembre de 1995 sobre
el camino que debe seguir su lucha. Uno de los resultados de esta consulta
fue la organización y consolidación de más de 200
Comités Civiles de Diálogo en todo el país, demostrando
que las organizaciones locales y regionales eran capaces de responder
a la convocatoria zapatista. Resulta que esta movilización de base
tuvo un impacto muy importante en legitimar y defender al EZLN durante
las negociaciones con el gobierno en San Andrés, entre octubre
de 1995 y febrero de 1996.
Fue sobre esta base y esta experiencia de acercamiento que los
zapatistas convocaron, en la cuarta declaración (publicada el primero
de enero de 1996), la formación del Frente Zapatista de Liberación
Nacional (FZLN). Lo novedoso de esta declaración fue la propuesta
de que el frente deba constituirse en una fuerza política "que
no aspire a la toma del poder. Una fuerza política que no sea un
partido político (...) Una fuerza política nacida de los
Comités Civiles de Diálogo". Aunque todavía
se hablaba del MLN, en los siguientes dos años se hizo evidente
la división entre el camino de la democracia electoral y el camino
del zapatismo. Las reformas electorales de 1996 y las derrotas del PRI
en los comicios de 1997 llevaron a gran parte del cardenismo a las filas
del PRD, mientras los votantes empezaban a creer que era posible que por
fin el PRI pudiera perder la Presidencia en 2000. Con la atención
puesta en las candidaturas y las elecciones, la crisis chiapaneca perdió
su lugar en la agenda nacional. No fueron aplicados los acuerdos de San
Andrés sobre Derechos y Cultura Indígenas, creando el contexto
de abandono en el cual los paramilitares atacaban impunemente a los simpatizantes
del zapatismo. La matanza de Acteal, en diciembre de 1997, y las acciones
policiaco-militares en los meses siguientes, obligaron una nueva respuesta
de los zapatistas.
En junio de 1998 el EZLN rompió el silencio con su Quinta
Declaración de la Selva Lacandona. De nuevo los zapatistas se comprometieron
a la lucha pacífica y el diálogo con la sociedad. Afirmando
que "es el tiempo de que hable la paz", esta declaración
anunció una nueva iniciativa en apoyo a los derechos indígenas.
A diferencia de las declaraciones anteriores, la quinta no hizo un llamado
a crear un nuevo frente nacional, sino puso el acento en la movilización
social mediante una consulta popular, método que había arrojado
resultados positivos en 1995. De nuevo, este llamado fue ampliamente recogido
y dio lugar a la Consulta Nacional por el Reconocimiento de los Derechos
de los Pueblos Indígenas y Por el Fin de la Guerra de Exterminio,
celebrada en marzo de 1999. El mismo documento todavía expresaba
la esperanza de que los legisladores miembros de la Comisión de
Concordia y Pacificación (Cocopa) pudieran lograr un consenso para
hacer valer los acuerdos de San Andrés en una reforma del marco
constitucional.
Sin embargo, ni el cambio en el Poder Ejecutivo en 2000 logró
concretar dicha reforma. Aunque los zapatistas mantuvieron la capacidad
de movilizar a miles de personas en su marcha a la capital, en marzo de
2001, el Congreso aprobó una reforma muy limitada, lo cual tuvo
el efecto de cancelar la posibilidad de avanzar en la solución
del conflicto en Chiapas. Desde ese momento, los zapatistas se dedicaron
más a la construcción de sus propias formas de gobierno,
llegando en 2003 a la conformación de las cinco regiones autónomas
y sus respectivas juntas de buen gobierno. Mientras tanto, se hizo muy
evidente la separación entre el zapatismo y todos los partidos
políticos. El creciente escepticismo de los votantes, aunado a
los videoescándalos y la corrupción, forma parte del contexto
reciente en el cual el EZLN de nuevo busca resistir el olvido y retoma
la necesidad de vincularse con las luchas de otros sectores nacionales
e internacionales.
En la sexta declaración los zapatistas reconocen lo riesgoso
de su nueva iniciativa. Es una apuesta a la unidad con las personas que
comparten las mismas carencias y que no encuentran opciones en los partidos
existentes. La decisión fue tomada para que las luchas indígenas
tengan mayores posibilidades de desarrollarse al unirse con otros sectores
en contra de la prolongación del neoliberalismo. La unidad que
se logre debe servir para fortalecer tanto al zapatismo como a los otros
grupos y personas que decidan entrar en alianza. Sin duda es una apuesta
grande, pero esto es algo constante del zapatismo desde sus orígenes.
Si la campaña nacional logra abrir espacios de diálogo con
el resto de la sociedad, será más difícil que los
partidos políticos ignoren las discusiones y propuestas que vayan
surgiendo. Retomando lo expresado en la segunda declaración (junio
de 1994), la campaña nacional representará un aporte muy
positivo si los partidos se sienten presionados a confrontar las demandas
populares en vez de ocuparse de sus imágenes y disputas entre sí.
Como cualquier apuesta, conlleva varios riesgos. Tomando en cuenta
la historia de las apuestas anteriores, podemos señalar por lo
menos dos riesgos principales. Primero, ¿cuáles son las
implicaciones de esta campaña para seguir avanzando en la consolidación
de las regiones autónomas y las juntas de buen gobierno? Estas
estructuras de autonomía son los logros más importantes
del zapatismo. Sin embargo, como reconoció el subcomandante Marcos
el año pasado en su texto "Leer un video", hay dos fallas
grandes que merecen la atención: el lugar de las mujeres en la
dirección de las juntas y los concejos autónomos, y la relación
entre la estructura político-militar del EZLN y las autoridades
civiles de las regiones y municipios zapatistas. La campaña nacional
debe buscar maneras de ayudar a superar estos dos problemas. Para ello
es importante incluir en los diálogos la comparación de
diversas experiencias de luchas sociales para ir aprendiendo cómo
pasan las mujeres de la participación de base a los puestos de
dirección política. Al mismo tiempo, es necesario discutir
las lecciones que existen sobre los retos de practicar esa "nueva
forma de hacer política", pero que muchas veces topa con las
prácticas autoritarias que han servido mucho al Estado y los partidos
políticos, y muy poco a la "gente sencilla y humilde".
La campaña debe servir no solamente para elaborar un programa nacional
de lucha, sino también a encontrar soluciones prácticas
a los problemas y contradicciones de esa misma lucha.
El segundo riesgo tiene que ver con la dirección de la
campaña y las experiencias ya vividas, sobre todo la de la CND
en 1994-95. La sexta declaración busca otro modelo de organización,
y lo más positivo de las iniciativas anteriores ha sido la experiencia
de las consultas nacionales realizadas en 1995 y 1999. Los comités
locales y la coordinadoras regionales dejaron muchas lecciones sobre las
ventajas y problemas de esta forma de organización nacional "desde
abajo". Los resultados fueron mucho más positivos que los
intentos de unidad de organizaciones nacionales y deben servir como punto
de referencia básica para la nueva campaña. Una iniciativa
nacional con estas características ayudaría a reducir el
riesgo de que se pierda el tiempo y la energía que podrían
ser destinados a proyectos más locales.
La sexta declaración es, como las cinco anteriores, un
manifiesto contra el olvido y por un futuro con paz y dignidad. Reafirma
el compromiso de los zapatistas con la lucha pacífica e invita
a la población a participar en la construcción, desde la
izquierda, de alternativas económicas y políticas para el
país. Su reto principal no es crear un nuevo frente con nombre
y dirección nacional, sino tejer una nueva red de personas y grupos
que puedan aportar sus experiencias de lucha para que los riesgos de esta
iniciativa sean minimizados mientras sus apuestas sean acertadas.
* Historiador inglés, catedrático de la Universidad
de Las Cruces, Nuevo México, autor de La rebelión de Chiapas
(Ed. Era)
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050710/012a1pol.php
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