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La puesta en marcha de los Caracoles, simbólicamente inaugurados
a principio de agosto en Oventic, parece abrir un nuevo capítulo
de la ya larga marcha de los pueblos indígenas de México
en pro de sus autonomías. En esa dirección, los zapatistas
colocan un nuevo escalón a sus esfuerzos por construir el autogobierno:
la autonomía regional. Es al mismo tiempo evaluación autocrítica
de los derroteros de la autonomía en los “municipios autónomos
en rebeldía” que funcionan desde hace unos siete años
y búsqueda de formas superiores de organización que permitan
afianzar el proyecto indígena.
Esta iniciativa vuelve a poner sobre el tapete los déficit del
país en materia de reconocimiento de derechos a los pueblos indígenas.
El desfase entre la realidad y las aspiraciones indígenas, por
una parte, y las inicuas reformas constitucionales de 2001, por otra,
se amplía con la instauración de las Juntas de Buen Gobierno
zapatistas. Este es un desafío para el régimen político
que no se resuelve volteando para otro lado, como han hecho hasta ahora
los poderes de la nación.
Paralelamente, la creación de los Caracoles es la medida de los
retos que enfrentan tanto el movimiento indígena como el propio
zapatismo. El logro de la autonomía depende de que ésta
no se reduzca al ámbito restringido de las comunidades, de algunos
municipios y unas cuantas regiones del país. Requiere extenderse
por toda la geografía nacional, coordinarse como un gran movimiento
político y ser asumida como un proyecto democrático por
amplios sectores no indígenas. Para conseguirlo, apremia que el
movimiento indígena sea más que la resistencia desorganizada,
la celebración de algunas reuniones periódicas y la retórica
de las declaraciones dirigidas a la opinión pública. Unidad
en la diversidad, tolerancia hacia la diferencia, visión de conjunto,
alianzas políticas que rebasen los acuerdos coyunturales entre
pequeñas facciones, acciones concretas comunes, parecen ser algunas
claves del momento.
Fuente: http://www.memoria.com.mx/175/ |