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CARLOS FAZIO*
Ni los indígenas, ni el Ejército Zapatista
de Liberación Nacional (Ezln) ni México son los mismos de
entonces, de enero de 1994. Tampoco el mundo. En el lapso transcurrido
desde el alzamiento armado de 1994 el Ezln ha cambiado la lógica,
la perspectiva y los plazos de su lucha.
Marzo del 2004
Hace diez años hicieron «política con tiros»
para hacerse oír. La desesperada rebelión abrió las
puertas del diálogo y la negociación. Pero hoy el conflicto
armado sigue vigente; permanece el cerco contrainsurgente del ejército
federal, los cuerpos policiales y los grupos paramilitares, que hostiga
y aprisiona a las bases civiles zapatistas.
También permanece la pobreza. Sin embargo, la estrategia
del Ezln no es ya insurreccional. Hoy el arma principal de los zapatistas
es la palabra. Las palabras y los hechos. Las Juntas de Buen Gobierno
no son palabras abstractas, son una alternativa concreta. Como ha dicho
el subcomandante Marcos, son «un referente político práctico,
civil y pacífico alternativo.»
La etapa marca un cambio en la forma de organización:
de lo militar a lo civil. Quedó atrás el referente de una
organización guerrillera. Aunque el Ezln siga siendo un ejército
rebelde y conserve sus armas. En estos diez años, la organización
político militar sustentada por una amplia base social se transformó
en un movimiento político social, que controla territorios y ejerce
autoridad sobre ellos, resguardado por un cuerpo armado.
Sus dirigentes afirman que el Ezln es un ejército para
defender, no para la toma del poder. Arguyen que el «delirio zapatista»
es no ver el poder como dominación sino como servicio. Lo que no
quiere decir que la comandancia del Ezln no impulse la construcción
de un poder popular o un doble poder que combine con habilidad elementos
sistémicos y antisistémicos según la coyuntura. La
estrategia zapatista pasa hoy por acumular fuerzas y tejer alianzas para
reconstruir la sociedad desde abajo; a partir de sus bases indígenas
civiles, con sus propios métodos y estilos de trabajo, fortaleciendo
redes de resistencia, de autogestión socioeconómica y autonomía.
Profundización de la crisis
A una década del estallido insurreccional y de una larga
tregua armada salpicada de acciones bélicas y hechos violentos
como la matanza de Acteal, asistimos a un conflicto de nuevo tipo, con
una lógica distinta a la del período 1994-1998. Chiapas
y el Ezln han dejado de ser el epicentro de la política nacional.
La salida política negociada, que sumó cuatro diálogos
entre el Ezln y el gobierno en 1995 y 1996, ha sido abandonada por «el
gobierno del cambio». La estrategia de Vicente Fox ha sido soslayar
el problema y mantener una política de contención contrainsurgente.
Se cerró la lógica de la negociación; no
hay condiciones para el diálogo. La salida de monseñor Samuel
Ruiz de la diócesis de San Cristóbal debilitó a la
Iglesia de la Liberación y menguó la solidaridad con el
zapatismo. La disputa no está ahora en la mesa de negociación.
No se ubica en el terreno de la legalidad; la legalidad no tiene sustento
si carece de legitimidad. Hoy el Ezln disputa legitimidad por la vía
de los hechos.
La irrupción zapatista del 94 se dio en un marco de derrotas
de la izquierda a escala mundial; a contrasentido de «la historia».
La dictadura del pensamiento único neoliberal estaba en su apogeo
bajo la hegemonía imperial de Estados Unidos. En México,
la contrarreforma agraria del Banco Mundial y Carlos Salinas (modificación
al artículo 27 constitucional) puso fin al proceso de redistribución
de la tierra y liquidó el sistema ejidal. La eliminación
del concepto de «propiedad social» dejó a los pequeños
campesinos a merced de las «fuerzas del mercado», aboliendo
la principal herencia de la revolución mexicana: la tierra es para
quien la trabaje.
Frente a la reconquista de la tierra por los «modernos
conquistadores» surgió la insurrección de las comunidades
campesinas indígenas de Chiapas; el problema del «¡Ya
basta!» y las armas zapatistas vino a sumarse a otras formas de
resistencia y movilizaciones por la tierra en Ecuador, Paraguay, Brasil,
Bolivia, mojones todos de una nueva etapa de acumulación de fuerzas
de un movimiento social anticapitalista y antiimperialista de nuevo tipo.
En México. el Partido Revolucionario Institucional (PRI),
que gobernó el país de manera autoritaria durante 70 años,
fue derrotado en las urnas en los comicios de 2000. Sin duda, el levantamiento
zapatista contribuyó a su caída; a la apertura democrática.
Pero el gobierno de Fox no fue capaz de recorrer el camino de la transición
a la democracia, acentuó el modelo económico excluyente
y la crisis estructural del país se ha agudizado.
La erosión del viejo corporativismo de Estado ha dejado
muchos vacíos de poder y exhibe a una presidencia débil.
La política y los políticos han fracasado. En el balance
de estos diez años, vemos que el Tratado de Libre Comercio destrozó
la cadena productiva del agro y «el campo no aguanta más».
Política, social y económicamente, la crisis es
más profunda hoy que en 1994. México está polarizado.
La violencia se ha diversificado y hoy abarca a todo el país.
Defender el territorio
En ese contexto, a Fox le ha faltado voluntad y sensibilidad
políticas para atender el conflicto armado y el tema indígena.
O más bien, no ha querido. Fox sacó de su agenda a Chiapas,
al indio, a la paz. Los aisló y se dedicó a administrar
el conflicto. A coexistir con él, ninguneándolo. Trató
de invisibilizar al gobierno federal y al ejército como partes
orgánicas y activas del conflicto armado, asimilando al Ezln y
a las comunidades en resistencia a actores de un conflicto local, intra
e intercomunitario.
Para el Ezln, el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés
(1996) y la contrarreforma sobre derechos y cultura indígenas (2001)
marcó el fin de una etapa. Pero no llamaron a las armas; se pusieron
a reorganizar la resistencia y a reforzar o construir según el
caso la autonomía, para defender el territorio y los recursos naturales
ante la vocación privatizadora y entreguista del gobierno y los
partidos políticos parlamentarios y la voracidad del gran capital,
nacional y extranjero, sintetizada en los megaproyectos neocoloniales
del Plan Puebla-Panamá.
En otro de sus largos períodos de clandestinidad y silencio
expresivo y reflexivo -el decir y hacer callado de los zapatistas-, el
Ezln logró abrir un boquete en la estructura de poder del Estado.
En enero de 2003, unos 30 mil zapatistas irrumpieron en San Cristóbal
de las Casas y dieron inicio a una nueva fase de su lucha, que «aterrizaría»
en agosto último con la puesta en marcha de los «caracoles»
y las Juntas de Buen Gobierno, que son relaciones intermunicipales entre
municipios autónomos. A diferencia de 1994, esta vez la ofensiva
fue política, no militar. Y se centró en la reivindicación
de las autonomías de las personas y las colectividades indígenas.
Aprovecharon su largo silencio para instrumentar de manera disciplinada
y progresiva el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, negados
por los tres poderes del Estado.
La propuesta pacífica y constructiva de los zapatistas
fue crear autogobiernos en rebeldía, con una estructura de abajo
hacia arriba, para poner en práctica el «mandar obedeciendo».
De facto, sí. Pero con apego a la Constitución; en ejercicio
de la libre determinación de los pueblos indígenas. Una
radicalización legítima, aunque no legal, por omisión
del gobierno, por incumplimiento de la parte gubernamental. Y con una
base jurídica incuestionable: el Convenio 169 de la Organización
Internacional del Trabajo, que da prioridad a las formas propias de organización
social de los pueblos indios. A la manera de una zona liberada ajena a
cualquier intención balcanizadora o separatista, la nueva estructura
de control político territorial zapatista abarca un área
de unos 30 mil quilómetros cuadrados, que comprenden 35 municipios
constitucionales de los Altos, la Selva y el Norte de Chiapas.
Ni modelo ni vanguardia
El caracol, «paradigma del pensamiento simbólico
de los pueblos mayas» (según el antropólogo Andrés
Aubr), es el ícono del actual proceso colectivo en espiral de los
zapatistas, con su dinámica propia, sus tiempos y sus verbos. Los
caracoles, como proyecto de pueblos gobierno (Pablo González Casanova)
con mandatos controlados desde la base, están marcando el nuevo
tiempo político del sureste mexicano a partir de una asociación
de caracoles y municipios autónomos en red, coordinados por las
Juntas de Buen Gobierno a partir de una nueva propuesta de justicia, educación,
salud comunitaria, tierra, vivienda, trabajo, alimentación y comercialización
alternativas y como parte de un proceso que ya no está centrado
solo en lo comunitario sino también en lo regional y que aspira
a articular lo local con lo nacional y lo universal.
Se trata de la construcción de una «nueva cultura
del poder» basada en los principios del «pensar hacer»
práctico y concreto de las comunidades autónomas zapatistas.
De una «resistencia transparente», que hizo a un lado los
turbios enjuagues de un poder corruptor, con sus cooptaciones, mediatizaciones
e impunidades; ajena al tradicional asistencialismo y paternalismo oficial.
Pero que también busca dejar atrás las limosnas
«humanitarias» condicionadas de gobiernos y las ONG, y las
trampas semánticas e ideológicas de los compañeros
de ruta de la «izquierda».
Es un proceso singular que está en su fase de aprendizaje
y no quiere ser modelo ni vanguardia de nada. Un proceso colectivo que
se da en el marco de una guerra de baja intensidad; del aislamiento político
del régimen derechista y racista de Fox y del hostigamiento militar,
policial y paramilitar, que requiere, por tanto, de la autodefensa.
De allí que la comandancia general del Ezln siga teniendo
el mando sobre los milicianos e insurgentes, para «proteger a las
comunidades de las agresiones del mal gobierno y de los paramilitares
(...) pues para eso nacimos y por eso estamos dispuestos a morir»
(subcomandante Marcos). Como su nombre lo indica, el Ezln sigue siendo
un Ejército de Liberación Nacional, aunque algunos críticos
señalan que ha perdido la ele y la ene; que el uso de las armas
es meramente simbólico. Las próximas luchas de los mexicanos
en contra de las privatizaciones, el Alca y el Plan Puebla-Panamá
arrojarán luces sobre esa y otras interrogantes. Hay hoy en México
mayor conciencia política y surgieron nuevas alianzas sociales
de tipo extraparlamentario. Si Fox persiste en sus políticas y
el país se descompone, el Ezln recobrará protagonismo en
el ámbito nacional, ahora como parte de un amplio movimiento alterglobalizador
que impulsa propuestas de cambio social.
Carlos Fazio
Periodista, Analista internacional del diario La Jornada, de México
Fuente: Red Voltaire. http://www.redvoltaire.net/
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