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Editorial diario La Jornada. México, 10 de Agosto
de 2003
Este 8 de agosto, aniversario del nacimiento de Emiliano Zapata, la autonomía
indígena en México dio un enorme salto adelante. La coordinación
de los más de 30 municipios autónomos rebeldes y la creación
de juntas de buen gobierno (Caracoles) en las cinco regiones en que se
divide el territorio controlado por el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) colocaron la lucha de los pueblos indios por su reconocimiento
en un plano radicalmente distinto al que se encontraba hasta ahora.
El reconocimiento como pueblos y el derecho al ejercicio a la
libre determinación y a la autonomía como una expresión
de éste ha sido, desde hace muchos años, un entrañable
anhelo de los habitantes originarios. Esta demanda, reconocida inicialmente
por el Estado mexicano en los acuerdos de San Andrés, el 16 de
febrero de 1996, se quedó insatisfecha con la desafortunada reforma
constitucional aprobada por el Congreso en 2001. Con la creación
de las juntas de buen gobierno los zapatistas han hecho realidad tanto
el deseo indígena nacional como los compromisos pactados con el
gobierno.
El municipio libre fue una de las exigencias centrales del zapatismo
original, el nacido de los campesinos. Su grito de "¡Viva pueblos,
abajo haciendas!" fue, simultáneamente, una demanda de recuperación
de la tierra y el territorio arrebatado tanto por liberales como por conservadores.
El municipio, y la asociación de varios de ellos regionalmente,
han sido durante décadas, los espacios políticos que muchos
pueblos indígenas han utilizado para mantener vivos sus sistemas
normativos, la elección tradicional de sus autoridades y la identidad
cultural. En los hechos, ello ha ocasionado que las instituciones gubernamentales
asuman un funcionamiento "híbrido", mitad constitucional
y mitad indígena.
Los municipios autónomos y las juntas de buen gobierno
retoman estas dos tradiciones y prácticas históricas, reinventándolas
desde la experiencia y la visión del mundo zapatista. Ellos son,
simultáneamente, un ideal y una realidad. Los Caracoles son, pues,
una institución y la prefiguración de una sociedad diferente.
Los representantes escogidos para las juntas de buen gobierno
tendrán mandatos amplios pero precisos de sus bases, que podrán
revocarlos si no cumplen con lo decidido por las asambleas. Contarán,
además, con la colaboración de las autoridades tradicionales
o de los consejos de ancianos, mezclando así lo nuevo y lo centenario,
y renovando así igualmente el modo de considerar y aplicar los
usos y costumbres que son norma legal en las comunidades indígenas.
Entre sus competencias se encuentran las referentes a la justicia, a los
asuntos agrarios, a la salud, la educación e inclusive el registro
civil (registro de nacimientos, defunciones y matrimonios). A partir de
ahora, una parte muy importante de las relaciones entre las comunidades
en rebeldía y la sociedad civil nacional e internacional, será
su responsabilidad.
Se trata de un ambicioso paso en la construcción de instituciones
de autogobierno y el establecimiento de una normatividad jurídica
alternativa, que son uno de los componentes centrales de cualquier proyecto
autonómico. Un paso que ejemplifica con claridad la naturaleza
y profundidad del conflicto existente entre el Estado y los pueblos indígenas,
así como la enorme miopía de la clase política para
tratar el asunto.
Además de hacer nacer nuevas instituciones, los zapatistas
convocaron ayer a una amplia movilización política y social
y, en voz de la comandante Esther, a "hacer ley los acuerdos de San
Andrés". Aseguraron que harán llegar su voz al próximo
encuentro de la Organización Mundial del Comercio, que se efectuará
en Cancún el próximo septiembre. Parte central de esta iniciativa
es el Plan La Realidad-Tijuana, en clara oposición al desafortunado
Plan Puebla-Panamá promovido por la administración del presidente
Vicente Fox.
La convocatoria a la movilización llega a la sociedad
civil mexicana en un momento de pasmo y letargo de las principales fuerzas
políticas, pero también de malestar social profundo, tal
y como quedó demostrado durante los pasados comicios. La crisis
del Partido de la Revolución Democrática y sus interminables
pleitos internos, apenas confirmados ayer con la renuncia de Rosario Robles,
han inmovilizado al principal partido de centro izquierda mexicano.
El salto adelante en la autonomía indígena y el
llamado a la desobediencia ciudadana son un desafío para el conjunto
de la clase política mexicana. Un desafío que hace evidente
el enorme foso que separa a amplias capas de la población del mundo
de la política institucional. Un desafío que debería
de ser, también, una advertencia de lo que sucede cuando los problemas
de fondo quieren resolverse con medidas cosméticas.
Fuente: Periódico La Jornada. 10 de agosto de 2003. http://www.jornada.unam.mx
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