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Epigmenio Ibarra, Aguascalientes, Chis. 7 de diciembre de 1994.
El EZLN "no está declarando la guerra" sino advirtiendo
que "el tiempo se acabó". Tampoco está negándose
a suscribir acuerdos con el gobierno federal y, lejos de ello, está
dispuesto a dialogar, pero "de cara a la nación, no en secreto
y sin testigos", declaró el subcomandante Marcos la víspera
de que el gobernador electo de Chiapas, el priista Eduardo Robledo Rincón,
asuma funciones y haga efectiva la advertencia zapatista de romper la
tregua firmada decretada hace once meses.
Para Marcos, negociar en secreto tendría altos costos
"para la salud política de nuestra organización y también
para la salud política del sistema mexicano". Vehemente, el
jefe guerrillero demandó al gobierno "señales claras
de distensión, que se vea en los hechos que sí se está
buscando la salida política".
Marcos ve la tregua como un puente que ha ido achicándose
con el paso del tiempo para permitir el resurgimiento de la represión
"que a veces ha venido del aparato gubernamental y a veces de las
guardias blancas de los grandes ganaderos, pero con la tolerancia de los
gobiernos estatal y federal. Pienso que el gobierno federal, en algunos
casos, ha auspiciado este tipo de radicalización".
En entrevista con La Jornada, el líder de la insurgencia
chiapaneca reconoció que el presidente Ernesto Zedillo plantea
el diálogo "a nivel discursivo", pero al mismo tiempo
el jefe del Ejecutivo mantiene la línea del ex presidente Carlos
Salinas, "una línea de dejar que este conflicto se desgaste".
Con el dedo en el renglón, Marcos advirtió que
el gobierno "puede ser muy radical en el discurso y muy reaccionario
en su práctica".
I
-La declaración que ustedes hicieron ayer ¿es
una declaración de guerra?
-Nosotros estamos señalando dos tipos de problemas: uno
a nivel nacional, que es la falta de señales reales por parte del
gobierno ante los hechos. No vemos que quieran buscar una salida política
al conflicto. Reconocemos que a nivel discursivo el señor (Ernesto)
Zedillo plantea la vía del diálogo y la negociación
como una salida, pero vemos también que al mismo tiempo mantiene
la línea que mantuvo (el ex presidente Carlos) Salinas durante
1994, la línea de dejar que este conflicto se desgaste por sí
solo. La pretensión es que los problemas sean resueltos sin resolverlos,
sin tratar de enfrentarlos y hacer como si nada hubiera ocurrido.
Como si no hubiera habido un levantamiento armado en enero y
como si no hubieran pasado todo el montón de cosas que pasaron
este año. El EZLN está llamando la atención sobre
este hecho porque lo que ha ocurrido es precisamente lo contrario, o sea,
los problemas no se están atenuando, el conflicto no está
pasando a segundo término, sino que está haciéndose
cada vez más agudo. En enero, cuando el periodo más candente
de la guerra, se empezó a hacer un puente muy grueso que quedaba
entre las dos líneas más radicales que se enfrentaron en
el campo de batalla:
Por un lado nosotros, planteando la solución de la guerra
por la vía militar, y por el otro lado estaba el gobierno, planteando
también la misma vía.
El hecho de no haber afrontado el problema y sus verdaderas causas
y dejar, a cambio, que pasara el tiempo, provocó que este puente
que permitió el cese el fuego y luego el diálogo, haya ido
angostándose con sucesos regionales que están siendo tolerados
por el gobierno federal. Me refiero, primero, a la candidatura de Robledo
Rincón y a la decisión previa de forzar un proceso electoral
montado en un conflicto no resuelto. Se montaron sobre la candidatura
de un personaje impopular y que además refleja una trama de ligas
con los gobiernos chiapanecos anteriores que son, precisamente, los que
nos obligaron a levantarnos en armas, y me refiero concretamente a Absalón
Castellanos y a Patrocinio González Garrido.
Entonces, el achicamiento de ese puente está provocando
el adelgazamiento de la posibilidad de una solución negociada;
esta coyuntura no se debe a nuestro accionar militar, tampoco a situaciones
específicamente regionales. Yo pienso que el gobierno federal ha
tolerado y, en algunos casos, ha auspiciado este tipo de radicalización.
Por otro lado, nosotros insistimos en que el diálogo,
en caso de que llegue a darse, tiene que ser de cara a la nación
y debe haber testigos. Hay que buscar una suerte de mediación,
que no sea en el estricto sentido de la palabra, pero que haya alguien
delante para que garantice que frente a frente están sentándose
dos fuerzas que son contrarias y que tienen que buscar la forma de resolver
su contradicción por medios civilizados, no por la vía de
la confrontación. No aceptamos un diálogo secreto y que
sean acuerdos nada más entre nosotros y el gobierno federal sin
testigos. No nos negamos a llegar a acuerdos: nos negamos a un procedimiento
que tendría un alto costo político para el EZLN porque va
en contra de la salud política de nuestra organización y
también va en contra de la salud política del sistema mexicano.
-¿Y no creen ustedes que en el discurso del presidente
Zedillo hay señales de cambio con relación a su predecesor?
-En eso sí vemos un cambio, pero nosotros aprendimos en
febrero y en marzo pasados, y en el diálogo de San Cristóbal
de las Casas, que el gobierno puede ser muy radical en su discurso y muy
reaccionario en su práctica. El Comité Clandestino, y en
realidad pues todos los compañeros del EZLN, se alzaron en armas
por desconfiar de esa palabra y finalmente vieron que la propuesta de
San Cristóbal, que en algunos casos contenía avances, quedó
sólo en palabras. Se trataba de prometer todo lo que fuera posible,
incluso un eventual reconocimiento del EZLN como fuerza política,
con tal de obtener que se distendiera el problema militar y obtener así
la firma de la paz y la entrega de las armas.
Nosotros sí vemos que Zedillo reconoce que los efectos
de la pobreza son los causantes del movimiento, de un fenómeno
que puede producirse en otros lados. Nosotros no tomamos decisiones por
las palabras que escuchamos, sino por los hechos que vemos. Ésa
es la gran contradicción que observamos. Se necesita una definición,
ya sea para llevar la ruptura de las palabras a los hechos, o para que
sea consecuente y anule (Zedillo) la supuesta ruptura contemplada en el
discurso.
-Al iniciarse la Convención Nacional Democrática
usted dijo que el EZLN no puede imponer la guerra al pueblo, pero, ¿la
declaración de ayer no es un poco la imposición de la guerra?
-Nosotros partimos del análisis de la situación
nacional. En la Convención de agosto nos enfrentamos a un México
movilizado, a una sociedad civil y a una sociedad política movilizadas,
con esperanzas de cambio, con grandes movilizaciones y embarcada en un
proyecto de lucha pacífica y civil por un cambio democrático.
En tales circunstancias poner un elemento militar era un golpe fuerte
contra ese vasto movimiento y contra las expectativas de la nación.
Pero en el nacimiento de este diciembre nos encontramos con que no existe
ese elemento, como que ciertos sectores sociales están esperando,
precisamente, que haya alguien que vuelva a llamar la atención
o que vuelva a poner en tensión a las fuerzas sociales que ahorita
están aletargadas, en una situación de impotencia y frustración.
Nosotros no estamos declarando la guerra, estamos advirtiendo
que el tiempo se acabó. Que esa advertencia venía desde
el 17 de noviembre, cuando el Comité Clandestino entregó
el bastón de mando a la dirección militar como advirtiendo:
la situación se está angostando, vamos a tener que llegar
otra vez... no nos dejaron otro camino que el del primero de enero y le
estamos haciendo un último y desesperado llamado al gobierno para
que dé señales de que realmente quiere una salida política,
y también le enviamos un desesperado llamado a la sociedad civil
para que se dé una movilización y vuelva a retomar ese aire
que tenía antes del 21 de agosto y que lo perdió después.
Nosotros estamos diciendo que el tiempo se acaba, y estamos cumpliendo
con un compromiso con la sociedad civil diciendo que todas las puertas
están cerrándose otra vez. No vemos, y lo digo sinceramente,
que alguien tenga interés en abrirlas decididamente, y me refiero
a las puertas de la movilización de la sociedad civil en forma
pacífica y, pues otros sectores, los más desposeídos,
los que yo llamo «el sótano del país», nos insisten
en el sentido de que ya llegó otra vez nuestro turno.
Nosotros estamos cumpliendo, pienso yo, con el compromiso que
tenemos con la sociedad civil, o con ese sector de la sociedad civil que
se movilizó para buscar el cambio por la vía pacífica
y legal, de advertirles que nuevamente nos estamos acercando al primero
de enero. Como que a partir del 21 de agosto (elecciones federales) el
reloj comenzó a correr en sentido inverso y luego llegó
el 27 de septiembre (asesinato de Francisco Ruiz Massieu) y antes el 23
de marzo (asesinato de Luis Donaldo Colosio).
Y ahora nos imponen a un gobernador como Robledo y llevan a Chiapas
al 31 de diciembre de 1993. Nosotros tenemos un concepto de la realidad
que nace de una valoración actual, pero sobre todo de una valoración
que viene de la historia, de hace mucho tiempo, y no podemos permitir,
no podemos sentirnos consecuentes o satisfechos con nosotros mismos si
después de nuestros muertos, después de todo el proceso
que siguió, la historia se vuelve a repetir. No podemos hacer eso,
no podemos permitir que todo siga igual... se está acercando otra
vez el reloj al 31 de diciembre de 1993 y he insistido muchas veces en
que el 31 de diciembre de 1933 nosotros estábamos desesperados
y que la acción del primero de enero de 1994 fue desesperada. Entonces,
¿vamos a tener que hacerlo igual? Eso es lo que estamos diciendo,
que el reloj del 8 de diciembre (asunción de Robledo como gobernador
de Chiapas) empata con el reloj del 31 de diciembre de 1993.
II
Para el EZLN la movilización civil "que se fue apagando
por desgastes internos o por haber apostado a banderas que no tenían
futuro" es uno de los hechos más decepcionantes del año.
En opinión del subcomandante Marcos, la sociedad civil "nos
abandonó no sólo en la convocatoria de la CND, sino que
nos fue abandonando también en la ayuda que nos estaba prestando".
Sin embargo, el dirigente guerrillero cree que no es cosa de
tirar la experiencia de la CND por la borda: "Si no es la Convención
pues tendrá que ser otro tipo de movimiento que pueda ver que el
problema no son las banderas que levantas, sino el método de trabajo
que uses para levantarlas y convocar a la gente a nuevas movilizaciones
" .
Marcos visualiza un México "más difícil"
en el terreno político porque, entre otros factores, la vía
electoral no sirve para cambiar "al sistema de partido único".
Sin mencionar nombres ni siglas, el líder insurgente afirma desconfiar
"de ésos que finalmente están haciendo tratos con el
gobierno, tratos a escondidas".
El asunto, precisa, no es hacer tratos, "sino hacerlos a
escondidas y con el gobierno contra el que dicen pelear, un gobierno que
está dispuesto a mantenerse en el poder haciendo caso omiso de
que pase cualquier cosa".
-Y ese abandono del que hablas, ¿no podría
considerarse un indicio de que la causa del EZLN no tiene futuro?
-Ésa es apenas una lectura. El problema es que la lectura
que nosotros hacemos es que ese abandono no es de la causa del zapatismo,
sino de la posibilidad de que haya un cambio pacífico... o sea
que finalmente todo ese apagamiento de las movilizaciones civiles sea
un llamado al EZLN para que tomemos el camino que habíamos dejado
en suspenso en enero y que ratificamos en agosto durante la primera sesión
de la Convención. Nosotros interpretamos que es un llamado de esos
sectores sociales más desposeídos a que volvamos a alzarnos
en armas contra el gobierno. Puede ser que nos equivoquemos y que en realidad
se trata de que las demandas del zapatismo están fuera de tiempo,
no corresponden al tiempo histórico que está viviendo el
país, pero no lo creemos, pues no nos hubiéramos alzado
en armas y nos mantendríamos así si pensáramos que
nuestras demandas no tienen eco.
Yo pienso que acertamos cuando decimos que la movilización
civil se apaga, nos están llamando para que entre la movilización
militar, ésa es la lectura que hacemos nosotros. Y es la lectura
que obligó al cese el fuego nuestro, en enero, o al diálogo,
obligó a la Convención y a sujetarse a ella y ahora nos
obliga casi a tomar la decisión de reiniciar los combates.
-Si tú ves este escenario, casi estuvieron 6 mil personas
de todo el país; en una segunda ronda hubo poco más de 400.
Este desgaste, ¿no es desgaste del proyecto, no es también
un aviso de que ustedes deberían pasar a la ofensiva en términos
políticos?
-Mira, nosotros pensamos que este agotamiento es sobre todo un
desgaste de las formas, que el movimiento democrático en México
-y ahí incluyo a todo el espectro, desde la ultraizquierda y la
izquierda hasta sectores del centro que estarían por un cambio
democrático- (ha llegado) al agotamiento de los viejos métodos
de trabajo: muchas asambleas, muchas movilizaciones sin un rumbo definido,
mucho énfasis sobre la movilización coyuntural. El problema
de la movilización coyuntural es que tienes que encontrar algo
que realmente movilice a todos, y las coyunturas pues afectan a un sector
y a otro no. La única coyuntura que realmente afecta a todos es
la guerra. Eso es lo que permitió que surgieran las grandes movilizaciones
de enero y espero que alcancen a hacer algo en diciembre.
Nosotros vemos también que señala la carencia de
una fuerza política nacional nueva, moderna pues como dice Tacho,
que plantee una bandera que encuentre los puntos en común y ponga
en contacto a todos estos sectores y, sobre todo, que plantee una nueva
forma de trabajar y una nueva forma de organizar. Nosotros pensábamos,
y yo pienso todavía, que eso puede ser la Convención en
algún momento. Si no es la Convención, pues tendrá
que ser otro tipo de movimiento que pueda ver esto, que el problema no
son las banderas que levantas sino el problema es también el método
de trabajo que usas para llevarlas a cabo y convocar a la gente para movilizarla.
Ahora enfrentamos un México más difícil
en el terreno político, un México que olvidó por
un momento su escepticismo con respecto a las organizaciones de izquierda
legales, su distancia con respecto a los partidos políticos por
desconfianza, por recelo de verse usado, ante la posibilidad de presentar
un frente común ante el sistema de partido de Estado. A eso se
agrega que esto no se pudo hacer por la vía electoral: el sistema
de partido de Estado volvió a imponerse. Entonces deja a la gente
con una frustración muy grande de «¿Entonces qué
sigue?, ¿qué hago?» Desconfío de estos que
finalmente están haciendo tratos con el gobierno contra el que
decían luchar, tratos a escondidas. El problema no es hacer tratos
sino hacerlos a escondidas, con el gobierno contra el que dicen pelear,
un gobierno que está dispuesto a mantenerse en el poder haciendo
caso omiso de que pase cualquier cosa, en una ceguera histórica
que vamos a pagar todos los mexicanos. Ojalá sólo lo pagaran
ellos, pero lo vamos a pagar todos.
Pero ahora está el elemento de un movimiento armado. Nosotros
pensamos así, la gente voltea a la izquierda, voltea a la derecha
y finalmente voltea otra vez al sureste mexicano y ve un grupo de hombres
y mujeres armados, sin rostro, que está diciendo lo mismo que ellos
querían decir, pero está diciendo aquello en armas. Si todo
falla, vámonos otra vez a la guerra. Ésa es la lectura que
nosotros hacemos. Nosotros pensamos que cuando nosotros decimos «No»,
hay mucha gente que espera oír de nosotros eso, y cuando decimos
«No nos sentimos bien con nosotros mismos» sentimos de una
u otra forma que estamos respondiendo a un sentimiento de sectores amplios
de la población.
-Ustedes se han distinguido por hacer uso político
de las armas. En varios de tus planteamientos de ayer, pareciera que ese
uso político está agotado, que viene un uso de las armas
por las armas, porque ya no hay salida. Incluso en el planteamiento táctico,
cuando dices no hay retirada, tendremos que pelear con los pueblos, hay
que prever éxodos de pueblos enteros, no se ve mucha perspectiva
militar o política en el uso de las armas en ese contexto.
-Nosotros estamos acorralados. Estamos acorralados en términos
militares desde enero, pero no en términos políticos. Desgraciadamente
el acorralamiento político que ahora sufrimos no viene de parte
del gobierno, sino por este desgaste de otros sectores sociales que antes
nos dieron oxígeno; no tanto nos dieron interlocución, sino
que agarraron nuestras banderas y las llevaron adelante o trataron de
llevarlas adelante.
Entonces, cuando ellos empiezan a declinar esas banderas nosotros
tenemos que agarrarnos con lo que tenemos. Si el ambiente es político,
quiero decir, si hay receptividad para hacer incidencia política
y tener un arma y no usarla pero señalar que ahí se tiene,
se hace. Pero cuando no hay ni siquiera eso, uno piensa intuitivamente
que las armas tienen que volver a abrir ese espacio, disparando otra vez
para hacer posible otra vez la política. Lo que nosotros entendemos
es que diciembre del 94 no es enero del 94, estamos en una correlación
militar más aguda, mas desequilibrada en contra nuestra, es decir,
perdemos sorpresa, el enemigo está en posición de aniquilamiento
y tenemos que señalar un hecho, pues no podemos en estas circunstancias
volver al planteamiento militar de la guerrilla con un territorio como
el que tenemos. No podemos porque la misma composición de nuestro
ejército está muy enraizada en los pueblos. No podemos jalar
a los combatientes fuera de sus familias y dejarlas abandonadas. O vamos
con ellas o nos quedamos con ellas, eso es lo que yo estoy señalando.
En términos militares la situación es más
desequilibrada todavía en contra nuestra. Pero nosotros pensamos
que tenemos que hacer algo, y cuando ya no podemos hablar o sentimos que
ese hablar ya no tiene eco, no tiene receptividad, pues tenemos un arma,
siempre.
-Tú has dicho muchas veces que si la guerra estalla
de nuevo, va a ser difícil de parar. En condiciones de acorralamiento
como las que estás narrando sería una guerra muy dolorosa,
muy costosa, y entonces todavía más difícil de parar,
¿no es cierto?
-Sí, porque una guerra en ese sentido crea muchos rencores
que se van acumulando y que se van cobrando tarde o temprano. Entonces
convencer a un ejército o a otro de que se detenga después
de que se detuvo un tiempo y no pasó nada -o sea, quedó
todo igual-... ¿Con qué argumento le podemos decir nosotros
a los zapatistas «Deténganse, intenten el diálogo»,
si después de que lo hicieron, de que se detuvieron e intentaron
el diálogo, quedó todo igual? Nada cambió en el panorama
nacional y nada cambió en el panorama regional. No hay nada que
les diga que valió la pena el diálogo. Al zapatismo no hay
nada que le diga eso: detente porque ganaste... ¿qué? ¿qué
cosa, si está igual todo? Sigue la misma estructura de clases sociales,
sigue el mismo racismo, sigue la misma estructura de gobierno y siguen
los mismos discursos radicales y las prácticas reaccionarias. Entonces
no se puede convencer a un ejército que ya probó un camino
de que lo vuelva a probar cuando ya va acumulando más muertos.
Fue muy difícil detener a nuestra gente en enero después
de los primeros muertos. Si se reinicia la guerra va a ser más
difícil y yo me atrevería a decir que imposible, porque
a ese escepticismo, a esa desilusión de haber probado ya el diálogo
y no haber tenido resultados, se agregarían ahora las cuentas pendientes
que cada muerto va sumando en nuestra historia.
Mira, yo te voy a poner un ejemplo de por qué el EZLN
utiliza la figura de que la toma de posesión de Robledo formaliza
la ruptura del cese el fuego por parte del gobierno federal: porque para
nosotros el cese el fuego ya se rompió y se rompió porque
las fuerzas militares del zapatismo sí están ahí
acorraladas en un territorio, pero el zapatismo está muy extendido
en todo el estado de Chiapas, prácticamente en toda la zona rural
y algunas zonas urbanas... éstas son zapatistas y son las que están
cargando los muertos, las desapariciones, las represiones, que pueden
venir de la estructura del gobierno, sean a veces arbitrariedades de miembros
del ejército federal, sean asesinatos por guardias blancas o desapariciones
o desalojos o los atropellos que acostumbra hacer la Policía Judicial
o la policía de Seguridad Pública. Entonces los compañeros
por todos lados nos están diciendo «El cese el fuego está
roto, ¿qué estamos respetando nosotros? Tú tienes
la fuerza armada ahí y ese ejército es nuestro, tienes que
defendernos, tienes que hacer algo, porque si no, para qué te alzaste
en armas».
Cuando nosotros decimos «Robledo formaliza la ruptura del
cese al fuego», estamos diciendo que ya se hizo... el cese el fuego
está roto por parte de las fuerzas gubernamentales, y nosotros
lo que estamos haciendo es señalando que ahora nos toca responder,
pero porque existe esa presión afuera. En realidad todo el movimiento
civil pacífico está siendo golpeado cada vez más
y en forma más radical, y nos está diciendo «Ya».
Como que nos están pasando la cuenta y nos están preguntando
«Cuántos muertos más para que hagas algo», o
«Cuántos muertos más para que todo siga igual y tú
no hagas nada», y eso es lo que a nosotros nos lleva a esta posición.
Si a nivel nacional no hay nada que nos dé otra salida,
otra puerta pues, para caminar a nivel regional; si nos están diciendo
qué salida, qué puerta hay que abrir y es la puerta de la
guerra; y no me estoy refiriendo sólo a las tropas zapatistas,
me estoy refiriendo sobre todo a buena parte del movimiento campesino
indígena independiente en el estado de Chiapas y parte del movimiento
campesino oficial que está agotado y ve realmente con terror, por
un lado, la imposición de Robledo Rincón, y por otro lado
un Congreso del estado que en su totalidad está en favor de Patrocinio
González Garrido. Entonces ¿hubo aquí un ejército
que se alzó en armas, hubo muertos, hubo destrucción, hubo
cerco, hubo desgaste, hubo amenazas, hubo invasiones, y todo sigue igual?
Si la población no está dispuesta a tolerarlo, a aceptarlo,
tiene a quién recurrir y ese alguien a quien tiene que recurrir
somos nosotros.
-Ustedes dijeron no al diálogo con Camacho, dijeron
después que no al diálogo con Madrazo, dicen ahora no al
diálogo que supuestamente ha propuesto el presidente Zedillo...
Entonces, ¿con quién y cómo dialogar?, ¿sobre
qué dialogar?, ¿se puede todavía?
-Mira, el problema del diálogo con Camacho fue que las
propuestas que se hicieron no se cumplieron. Es lo que yo te decía,
que había un planteamiento muy radical a nivel de lenguaje y una
práctica muy reaccionaria o muy de que «no pasa nada»
al nivel de la práctica. Te voy a poner un ejemplo: el de las elecciones
locales. Nosotros pedimos que fueran simultáneas las elecciones
locales de gobernador, presidentes municipales y diputados, que se renovara
todo el estado al mismo tiempo, y contestan manteniendo separadas las
elecciones y montando además el proceso electoral estatal en el
proceso electoral federal, y además en un conflicto que no se ha
resuelto. Vemos esas señales y nosotros decimos «No al diálogo
fingido, a un acuerdo de cáscara, a un acuerdo de arriba y que
deje intocadas las bases o las causas que provocaron el alzamiento».
Nosotros teníamos beneficios directos de eso, nosotros
podíamos haber dicho «Orale, nos arreglamos y nos quedamos
con tantas cosas». Nosotros sabíamos que la estructura no
había sido tocada y otro ejército zapatista, en otro lado,
se iba a alzar tarde o temprano en esta misma estructura. Entonces fue
cuando nosotros dijimos «No hay soluciones radicales de fondo. No
a ese diálogo». Madrazo llega y propone lo mismo o no propone
nada, y entonces ahí los compañeros se niegan y dicen «Bueno,
de qué vamos a hablar si ya probamos una cosa y no hay oferta nueva».
Y en el caso de Zedillo nuestra negativa es que necesitamos señales
o algo que veamos nosotros que no sean discursos, que nosotros digamos
«Sí hay una voluntad de tratar de resolver este conflicto
por otros medios», y eso es estar dispuesto a afectar profundamente
las estructuras sociales del sureste mexicano.
Yo pienso que a esto no está dispuesto el Estado. Yo pienso
que ya aquí hay que sacrificar a una de las dos partes: o sacrificas
a un movimiento indígena sin estructura para aportar a nivel económico
nacional, o sea un sector indígena que no es rentable ni siquiera
como fuerza de trabajo, o sacrificas a un sector que tampoco es rentable
en el proyecto de modernización económica de México,
que es el de los grandes ganaderos y finqueros -ni siquiera en sus métodos
de producción- y que representa en términos políticos
un obstáculo muy grande para cualquier desarrollo de reforma, por
tibia que sea.
El conflicto ha llevado a que estos dos extremos exijan ahora
que el otro desaparezca. Los finqueros no están dispuestos a que
esto quede en paz; «Los indígenas tienen que pagar, dicen
ellos; la osadía de enero la tienen que pagar todos por el hecho
de ser indígenas, aunque no sean zapatistas». Y los indígenas
dicen «No podemos ir atrás ya; o nos vamos por todo o nos
vamos a quedar sin nada», porque ésa es la experiencia que
tienen de antes. El gobierno federal -y ahí los finqueros son más
claros, los grandes ganaderos son más claros- tiene que optar por
aniquilarnos, por aniquilarnos a nosotros y dejarles las manos libres
para que también ajusten cuentas ellos, sobre todo a la población
indígena, y nosotros decimos «Pues nosotros o ellos tenemos
que afectar profundamente, sacrificar a alguno de los dos elementos»,
porque precisamente el gobierno anuló ese medio que podía
haber construido la sociedad chiapaneca, lo fue anulando. Primero con
los gobernadores anteriores, después con la política que
siguió: tratar de pintar la fachada de la casa aunque adentro se
estuviera pudriendo, se estuviera derrumbando. Eso fue lo que hizo la
Sedeso, incluso después de mayo de 1993, cuando la primera campanada
de que aquí iba a pasar algo: llegó mucho dinero y nomás
se trató de que se presentara como que se estaba haciendo algo,
pero las comunidades que iban a recibir el dinero fueron las que se alzaron
en armas el primero de enero de 1994.
Entonces lo que nosotros vemos es que una solución o la
señal de una solución, pues, para todo el conflicto, tendría
que ser estar dispuesto a afectar, poniéndolo en términos
claros, a cumplir lo que la revolución nunca cumplió en
el sureste mexicano. Lo que sí provocó en otros estados,
que dio paso a otros problemas, fue que por supuesto no resolvió
el problema de injusticia social, pero resolvió otros problemas
y planteó nuevos. En el campo chiapaneco nunca ocurrió así.
Son los mismos problemas de la época de Díaz. Si recuerdas
lo que salió en la prensa sobre las fincas que fueron tomadas en
la costa, usaban el método de las tiendas de raya del porfirismo,
y eso se repite en muchas de las fincas del norte del estado, de la costa
y, en el caso de las fincas donde es el territorio de la selva, se repite
esto en forma todavía más absurda.
-Hablemos de lo que quieren, de qué representan estos
cambios, esta aceptación, para ponernos de acuerdo.
-Sí, pero un hombre cuando está armado, si tú
le dices qué quieres, te dice por qué lucha. En este caso
a un zapatista le preguntan «Bueno, ¿qué quieren,
pues, para arreglar el problema?» Pues te dice «Los once puntos»;
quieren, en resumen, libertad, democracia y justicia para todos los mexicanos.
Y tú le tienes que contestar diciendo «No, pues qué
es eso, yo te ofrezco esto y esto, algo tienes que ofrecer». Del
ejército zapatista no va a salir nada que no sea, en cuanto a lo
que quieren, repetir otra vez democracia, libertad, justicia. Lo hicimos
en enero, lo hicimos en la catedral de San Cristóbal de las Casas
y lo hemos hecho todo el año. Siempre que nos preguntan «Bueno,
ustedes qué quieren para que ya se calmen», decimos «Democracia,
libertad, justicia». Lo único que ha cambiado de este discurso
es reconocer que pudiera ser que hubiera otra forma de conseguirlo que
no fuera la lucha armada. Fue cuando nos abrimos a la Convención
y al proceso electoral de agosto, cuyos resultados estamos padeciendo.
Fíjate qué curioso que el 8 de agosto en este lugar hayamos
llamado a la población a hacer el esfuerzo por el tránsito
civil y pacífico a la democracia y aquí, la víspera
de otro día 8, ahora de diciembre, estemos llamando a decir «Se
agotó, vamos a la guerra otra vez».
-Ahora, yo quería hacer hincapié en una cuestión:
cuando tú hablas de tránsito pacífico a la democracia
y hablabas de que el 21 de agosto podría darse, ¿esto quiere
decir que si ganaba el PRI no habría tránsito pacífico?
¿Al PRI hay que derrotarlo de todas maneras o aún se puede
coexistir, negociar, trabajar con un gobierno del PRI?
-Nosotros pensamos que no, porque la estructura del PRI más
que la estructura de un partido es la estructura de un sistema político.
Para obtener una victoria o llegar a un puesto de poder, el PRI establece
muchos compromisos, muchas cuentas por cobrar a muchos niveles. En concreto,
en el estado de Chiapas hace los compromisos con los caciques indígenas,
con los caciques ganaderos y con los grandes comerciantes. Entonces, ¿cómo
puede haber democracia con esas estructuras que son las que mantienen
la antidemocracia a nivel regional y local en toda la República?
Lo que permite el poder de la dominación a nivel federal es lo
mismo que permite la dominación a nivel local y regional.
Un proceso de democratización significa sacrificar al
sistema de partido de Estado, y eso significa sacrificar al partido que
lo pinta. Por eso nosotros señalábamos: no puede haber.
Pensamos que en el caso de Zedillo es claro en qué forma tuvo que
pactar o asumir cuentas pendientes con todos los niveles que hay en el
gobierno, incluso a comprometerse con una candidatura tan impopular como
la de Robledo Rincón en Chiapas, para poder llegar a la Presidencia
de la República. Nosotros incluso decíamos «El PRI
podría estar en el poder, en el gobierno, si hubiera un balance
que lo obligara a actuar como gobierno y no como un sistema que lo ocupa
todo».
-¿Y no puede ser el zapatismo ese contrapeso, un zapatismo
político, no necesariamente combativo en términos militares?
-Mira, el problema del zapatismo es, ahorita, en términos
militares, que está arrinconado en una parte del país, y
en términos políticos tiene muchas limitaciones de interlocución.
Está armado, es decir, es ilegal; con el rostro oculto, quiere
decir que no tiene identidad. Entonces el límite del zapatismo
son los llamados que pueda hacer desde las montañas del sureste
mexicano, como decimos nosotros, a que otros sectores se movilicen y lo
hagan. Pensamos que sí pudiera existir un zapatismo no armado,
que levantara las mismas llamadas que nosotros en un nivel auténticamente
legal, pero el problema que vemos, y lo señalaba Tacho cuando ofreció
el cargo a la Convención, es que no sirve si le ofreces algo nuevo
a la gente pero lo haces como lo viejo. Finalmente les vamos a ofrecer
otra vez, decía él, un hombre nuevo con un cuerpo viejo;
era la imagen que usábamos. Ahora nos llamamos así pero
seguimos siendo lo mismo que siempre, que ya demostró que fracasó.
Creamos escepticismo, desilusión, frustración y creamos
un movimiento armado. Porque la responsabilidad de que el ejército
zapatista nazca es también responsabilidad de los partidos políticos
de oposición, de las organizaciones políticas de oposición,
que cuando menos para un sector social importante no representaron alternativa.
Es una derrota también el hecho de que un movimiento armado
surja y tenga el consenso social que tiene el ejército zapatista.
No es sólo un fracaso del gobierno, es también un fracaso
de la oposición. Y si tú revisas las banderas del EZLN y
las banderas de la oposición puedes ver que son las mismas. Entonces,
¿por qué crea tanto escepticismo uno y tanto miedo el otro?
Escepticismo el uno porque finalmente esas banderas entran en un proceso
de negociación y transa, muy viejo además, muy añejo;
y por el otro lado, porque esas demandas y ese lenguaje vienen de un hombre
o de un grupo de hombres y mujeres que están armados. Entonces
no hay para dónde hacerse. Y nosotros sentimos que tenemos mucha
limitación, además, por nuestra torpeza al hablar; no conocemos
el miedo, pues.
Yo le estaba platicando a Moi, al mayor Moisés, de que
en enero todo era muy sencillo, el mundo era muy simple: había
los buenos que éramos nosotros y los malos que eran el resto del
mundo. Pero después del cese el fuego y cuando salimos a la luz
y empezamos a tener interlocución, el mundo se nos fue complicando,
se nos fue haciendo más político, menos militar, y para
un ejército llevarlo a un terreno político es llevarlo a
un terreno nuevo, a un terreno que no conoce. En ese sentido se repetía
la imagen de que cuando íbamos a las ciudades a tomarlas en enero,
cometimos los errores que cometimos. Entrando a la política entramos
otra vez a un terreno que no conocemos y en el cual cometemos los errores
que cometemos. Pero te recuerdo que finalmente tenemos el recurso de regresar;
cuando fracasamos en las ciudades tuvimos el recurso de regresar a las
montañas. Si fracasamos en la política tenemos el recurso
de regresar a las armas.
-¿Y no es esto, en lugar de un regreso, una retirada:
irse a la guerra, ir a morir?
-Mira, nosotros lo valoramos en este sentido. Me preguntaban
ayer si nos damos cuenta de cuál es el balance o la correlación
de fuerzas militares, si no pensamos que es un suicidio romper el cese
el fuego o emprender alguna acción militar, y contestamos que esa
valoración no la hacemos nosotros. No hacemos la valoración
de una correlación de fuerzas militares porque si hubiéramos
hecho eso ni siquiera hubiera existido enero, ni siquiera hubiéramos
nacido... en términos militares el EZLN es un despropósito,
es un absurdo. Lo que lo hace factible, lo que lo hace real, lo que lo
hace posible es la bandera que levanta.
En este momento en que estamos ahora, nos llevaron al callejón
de que la dignidad, que es lo que más vale para nosotros, pese
más que estar vivos o estar muertos. Que por el problema de la
dignidad se vaya otra vez a la guerra o la paz. Que para los zapatistas
permanecer en paz sea indigno y guerrear sea digno, como fue en diciembre
del 93. A un zapatista tú no le puedes plantear esta disyuntiva
porque no va a dudar. Nosotros se lo planteamos a Camacho en las primeras
comunicaciones que tuvimos con él: puestos a escoger entre una
paz injusta y una guerra digna, no vamos a dudar. En este reloj que se
echa atrás otra vez, como estaba diciendo, nos están llevando
otra vez a escoger entre una paz indigna, o sea una paz que diga: peleaste,
murieron tus gentes y todo quedó igual.
-Ahora, a tu oponente le dejas poco espacio de maniobra para
dialogar; le dices «Córtate la cabeza».
-Mi oponente me deja poco espacio de maniobra. Para dialogar
me dice «Ríndete». Estamos en dos extremos: se van
ellos a un extremo, nosotros nos vamos a otro extremo. No podemos hacer
otra cosa, el discurso del gobierno puede ser muy flexible pero su práctica
es «Ríndete y hablamos. Acepta que fue inútil todo
lo que hiciste». Dile tú eso a un ejército: «Todos
ustedes se formaron, estuvieron diez años en la montaña,
sufrieron, se prepararon, se alzaron, murieron sus gentes, sus hermanos,
sus hijos, todo quedó igual, hablemos». Ah, entonces yo les
digo «Todo lo que tú estás diciendo no sirve para
nada. Tú lo primero que tienes que hacer es hacerte a un lado y
dejar que entre otro, y entonces sí hablamos». Los dos extremos,
pues. Y en los dos extremos hay armas, y si no aparece algo en medio que
les diga a los dos «Ni tú ni el otro van a seguir este camino»,
como en enero, u otra cosa que pueda pasar en ese sentido, van a decir
«Bueno, pues yo aquí tengo esta arma» y «Yo aquí
esta otra, vamos a darnos, pues».
-¿Cómo describirías el estado de ánimo
de los zapatistas?
-Nos sentimos acorralados, sentimos que tal vez nos equivocamos
cuando vimos la posibilidad de la vía pacífica. Sentimos
que nos dejamos engañar, que no debimos haber agarrado el cese
el fuego de enero, que le faltaban al país muertos y le faltaba
plomo, que tal vez fue prematuro el diálogo, fue prematuro el cese
el fuego, que lo que tenemos que hacer hoy tuvimos que hacerlo antes.
Pero nos sentimos todavía con la capacidad de remediarlo. ¿Cómo?
pues completando lo que en enero no se hizo.
-Bueno, habrá que hablar algún día y
se dialoga con el enemigo... ¿o no hay voluntad de diálogo?
-El problema es que tú tienes que ver señales del
enemigo, si está dispuesto a dialogar o si está dispuesto
a aniquilarte... Si está dispuesto a aniquilarte, aunque diga que
quiere hablar, si tú ves esas señales, tú le tienes
que decir a tu fuerza militar que se prepare para pelear. Tu fuerza militar
no puede dialogar porque es fuerza militar. Entonces, cuando los compañeros
entregan el bastón de mando militar es cuando dicen «Nos
van a aniquilar o va a haber un choque armado, entonces ésta es
la función que manda, la función militar». Si se viera
que el enemigo está dispuesto a llevar el enfrentamiento a otro
terreno, al terreno político, entonces tiene que tomar la dirección,
como lo hizo en febrero, el Comité en este caso. Pero ellos no
ven nada, nada, ni una pequeña señal, pues, que les diga
que el enemigo tiene intenciones de seguir otro camino que no sea el de
la rendición o el del enfrentamiento. En ese sentido cualquier
señal que hubiera. Pero entiéndeme que cuando nosotros nos
referimos a señales, no es a discursos que digan en un lado o que
declaren, sino a señales reales, y yo te repito: analiza la situación
en Chiapas en diciembre de 93 y en diciembre de 94 y es la misma. Entonces,
para qué enero, para qué San Cristóbal en febrero
y en marzo, para qué la consulta, para qué la concesión,
para qué todo si todo sigue igual.
¿O qué señales vemos? Te digo, para cualquier
lado que busquemos no vemos ninguna señal: no bajó el número
de tropas, aumentó; ni se mantuvieron las posiciones, ahora tienen
una base adentro de la selva; ni bajó la beligerancia de los finqueros,
al revés, ahora tienen más cancha, ya tienen territorios
para estarse moviendo, los desalojos que promueven ellos se toleran; a
la fuerza armada de los finqueros se agrega la fuerza armada del gobierno,
ahora con la fuerza federal; o sea, se les inclina todavía más
ese balance; los proyectos sociales son los mismos, asistencialistas,
de tratar de pintar el barco que se está hundiendo; en términos
políticos sigue un gobierno priista, y además un priismo
ligado a los sectores más reaccionarios de la historia chiapaneca,
con amplia tradición de fraude, represión y burla, porque
Robledo Rincón llega a la senaduría federal con el 90 y
tantos por ciento de los votos de la zona que hoy está en conflicto,
en urnas que nunca llegaron.
Ahora dile a los sectores que están alzados en armas que
ése que llegó junto con Patrocinio, y que además
fue secretario junto con Absalón -a quien tuvieron preso aquí,
en esta casa, mientras decidían si lo fusilaban o lo colgaban-
va a ser el que va a gobernar el estado, a pesar de que tienes un arma,
a pesar de que tu gente se murió. No hay nada, por más que
le buscamos y volteamos para otro lado no hay nada para que podamos decir
«No, pues sí, se ve que hay voluntad».
Tenemos un montón de discursos donde sí se ve esa
ruptura, ese intento de tomar distancia frente al salinismo, ese otro
trato a lo que representamos o a las causas que nos originaron; cómo
pasamos de transgresores de la ley a grupo armado y ahora «al grupo
que se inconformó», en la misma indefinición. Entonces
no podemos decirles otra vez a los compañeros «Se ve que
la línea es la política, tienen que entrarle, tienen que
negociar, ahí sí tienen que ver ustedes qué agarran».
Tienen que negociar, por supuesto, desde el principio en qué condiciones
dialogan y luego qué es lo que van a decir y luego ya las propuestas.
Pero eso sí es una cuestión política, no lo puede
decidir un hombre o una estructura militar, lo tiene que decidir una estructura
política.
Si esos elementos se dieran, entonces yo tendría que decir
«Yo veo que se está abriendo esta puerta, ustedes tienen
que ver si le entran o no». Pero yo no tengo ahorita nada que decirle
a los compañeros. Si ellos lo están viendo y ven que no
cambian, y además ahora ven que ya no están los que estaban
antes, o sea ya no está la sociedad civil... ni siquiera podemos
decir «Vamos a aguantarnos aunque dejen a Robledo y todo eso, porque
hay una gran movilización civil». No tenemos interlocución
civil real aunque les gusten los comunicados y los cuentos de Heriberto
y de Eva. No hay nada, pues, para que yo les pueda decir «Algo cambió,
vamos a esperarnos». Al revés: yo tengo que ser honesto con
ellos y decirles «Nada está cambiando, todo está volviendo
igual atrás, hay que prepararse».
-¿Qué piensas de la oferta que hizo Eduardo
Robledo en el sentido de renunciar si ustedes deponen las armas?
-Se me hace que nuevamente ratifica el gobierno, que habla en
boca de él, que no está tomando en cuenta o en serio la
situación. Es una broma de mal gusto, es estar jugando otra vez
con fuego suponer que se puede cambiar una imposición por un movimiento
que se ha levantado con justicia y con dignidad. Planteamientos de ese
tipo aseguran que este país va a la guerra. No hay ninguna duda,
están burlándose de nosotros, burlándose de la situación,
como si lo que señalamos este día 6 fuera una broma. De
ninguna manera está eso siquiera a discusión,
-No hay trato.
-Las armas zapatistas no están siquiera a discusión.
No hay trato.
Fuente: La Jornada, días 8 y 9 de Diciembre de 1994
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