Los
hechos
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El presidente Vicente Fox, como
uno de sus primeros actos de gobierno, el 5 de diciembre de 2000 manda
la Ley Cocopa al Congreso en calidad de iniciativa presidencial.
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Después de un mes de recorrido
por el centro sur del país la delegación de comandantes zapatistas
llega a la ciudad de México y la Comandanta Esther, en un discurso
memorable, argumenta el 28 de marzo de 2001 sobre la importancia de
conceder rango constitucional a la Ley sobre derechos y cultura indígena
elaborada por la Cocopa.
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El Congreso transforma la Ley
Cocopa en una disposición que niega a los pueblos indios como entidad
de derecho, que niega sustento territorial a su ejercicio de autodeterminación
y que cubre con un manto asistencialista mediante el cual se introducen
varias de las condiciones del Plan Puebla Panamá (reconocidas como
ley suprema) lo que en la Ley Cocopa eran derechos y decisiones de
los pueblos relacionados con sus usos y costumbres. El contenido de
la Ley es completamente desvirtuado, al grado de convertirse casi
en lo contrario de lo acordado en San Andrés, y esto es anunciado
por miembros de todos los partidos como el primer acuerdo por unanimidad
que adopta el Senado de la República, sin el menor asomo de vergüenza.
Los millones de mexicanos que se habían pronunciado por la aprobación
de la Ley Cocopa no alcanzan ni un solo voto de reconocimiento.
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El 29 de abril de 2001 el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional "formalmente desconoce esta reforma
constitucional sobre derechos y cultura indígenas" y declara que "no
hace sino impedir el ejercicio de los derechos indígenas, y representa
una grave ofensa a los pueblos indios, a la sociedad civil nacional
e internacional, y a la opinión pública, pues desprecia la movilización
y el consenso sin precedentes que la lucha indígena alcanzó en estos
tiempos". "Con esta reforma, los legisladores federales y el gobierno
foxista cierran la puerta del diálogo y la paz"
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Sin defender su propuesta inicial,
sin atender al rechazo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional
y sin escuchar el clamor de los millones que demandaban la aprobación
de la ley original elaborada por la Cocopa; sabiendo que el reconocimiento
constitucional del acuerdo plasmado en ella (firmado en San Andrés
el 16 de febrero de 1996) es una de las tres condiciones para reiniciar
el diálogo entre el Gobierno de México y el EZLN y buscar dirimir
las diferencias a través del ejercicio de la política y no de la guerra,
el presidente Fox promulga la Ley emanada del Congreso el 14 de agosto
de 2001.
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Una vez que el poder Ejecutivo
y el poder Legislativo de la Nación habían dictaminado en contra de
los derechos de los pueblos indios a ser reconocidos en su diferencia
y con sus capacidades ciudadanas plenas los municipios indígenas acuden
al poder Judicial. La ley promulgada, por su contenido racista y por
el desconocimiento de jurisdicción territorial para el ejercicio de
los usos y costumbres enmarcados en los proyectos de autonomía, contraviene
prácticas autonómicas que se encontraban vigentes en diferentes estados
de la República. Las controversias constitucionales surgidas así,
que deberían ser resueltas por la Suprema Corte de Justicia, son rechazadas
el 5 de septiembre de 2002 con el argumento de incompetencia.
Incompetencia del Poder judicial
para impartir justicia; incompetencia del Poder legislativo para dar cauce
legal a los reclamos sociales; incompetencia del Poder ejecutivo para
dirigir la Nación de acuerdo con los mandatos de la soberanía popular.
¿Incapacidad del sistema político mexicano para sostener la democracia?
La República está en peligro.
Explicaciones
posibles
¿Cómo explicar este funcionamiento
del Estado y de las instituciones políticas? ¿Qué poderosas razones se
encuentran detrás de su vergonzosa declaración de incompetencia? ¿De la
paradójica unanimidad entre proyectos de Nación supuestamente contrapuestos
en contra de los derechos de los indígenas a la sujetidad política? ¿Por
qué no es posible aprobar la ley y comenzar a construir la paz y la democracia?
¿Por qué no es posible reconocer constitucionalmente a los pueblos indios
con todas sus capacidades y derechos?
Entender la unanimidad de la clase
política en referencia a los pueblos indios y el incumplimiento del Estado
de los acuerdos firmados en San Andrés, aun a riesgo de la pérdida de
legitimidad que ello implica no es tarea sencilla. La explicación evoca
un complejo entramado del cual destacaremos sólo algunos de los hilos
posibles:
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La primera línea de explicación,
considerando los estrechos vínculos del gobierno de México con el
de Estados Unidos, está relacionada con el Plan Puebla Panamá y la
libre disponibilidad del territorio que supone. Los proyectos vinculados
a este plan, ya sean de infraestructura, directamente productivos,
o monopolizadores de riquezas naturales, suponen un reordenamiento
del territorio en amplias zonas del país, muchas de ellas marcadas
por la tenencia colectiva de la tierra característica de los asentamientos
indígenas y por proyectos autonómicos regidos democráticamente por
usos y costumbres. La disputa en estos casos no es por extensiones
de tierra, por tierra-mercancía, sino por formas de vida y de organización
social sobre las que se erigen construcciones simbólicas de larga
temporalidad en las que el territorio, más allá de su especificidad
geográfica, está cargado de tradiciones, símbolos, historias, cosmovisiones
y utopías. El territorio es el lugar donde se construye la cultura,
donde se produce y reproduce la intersubjetividad y la visión del
mundo, donde se tejen las relaciones sociales y la posibilidad de
futuro y, por ello mismo, donde adquiere concreción la autonomía.
El Plan Puebla Panamá es cualquier cosa menos democrático
o consensual. Su implantación en la zona del sur-sureste ha sido objeto
de un rechazo generalizado de parte de las organizaciones sociales
de la región y, con el reconocimiento de la capacidad de autogobierno
de las comunidades indígenas seguramente ese rechazo tendría un mayor
sustento legal.
A lo largo de toda la Marcha de la Dignidad Indígena los
zapatistas se pronunciaron en contra del Plan Puebla Panamá y no parece
ser un plan al que el gobierno y los empresarios quieran renunciar.
Tampoco Estados Unidos. Si las comunidades fueran reconocidas como
sujetos de derecho tendrían atribuciones jurídicas para impugnar o
detener el plan.
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El reconocimiento de la autonomía
de gobierno contemplada en la Ley Cocopa implica instaurar, aunque
sea parcialmente, un sistema de democracia directa. Esto supone la
activación de la participación política de la ciudadanía en las decisiones
que competen y afectan al colectivo por lo menos en los niveles municipales.
Es fácil prever que en un sistema de gobierno tan "profesionalizado"
y excluyente como el que se vive en México, y con un modelo económico
concentrador-pauperizador que se reafirma cada día, el ejercicio de
la democracia directa sea visto como un peligro. En efecto, la democracia
directa tendería, sin duda, a revertir los daños del neoliberalismo,
del Tratado de Libre Comercio, de la integración subordinada con Estados
Unidos y a instaurar uno o varios modelos de organización económica
y de relacionamiento social que atiendan a las necesidades, aspiraciones
y deseos de la población que los indicadores macroeconómicos han convertido
en números. La democracia no marcha en el mismo sentido que el neoliberalismo.
La legitimidad del proyecto neoliberal se restringe crecientemente
en la misma medida que opera su tendencia concentradora. En esa misma
medida se cristaliza un sistema político excluyente que niega la participación
de la mayoría de la población (que no forma parte de la llamada clase
política) en cualquier tipo de decisiones. El mejor ejemplo es la
negativa a validar constitucionalmente la Ley Cocopa.
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La clase política, conformada
por miembros de diferentes partidos, que en principio enarbolan diferentes
proyectos de nación, tiene, no obstante, intereses compartidos que
coinciden en la necesidad de consolidar sus prácticas políticas como
únicas válidas. La irrupción de los zapatistas en la escena política,
y la enorme autoridad moral que deviene de su consecuencia y eticidad,
los convierte en una amenaza para la clase política mexicana actual.
La arrogancia con que los legisladores modificaron la ley y contestaron
a quienes propugnaban por su aprobación sin cambios indica la urgencia
que tienen por demostrar su fuero imponiendo, mediante formalidades
legales, aquello que contraviene las demandas, legitimadas en San
Andrés, en la consulta nacional y en la Marcha de la Dignidad Indígena,
de esa figura política que los incomoda por haberse ganado auténticamente
el respeto de la sociedad. La autoridad moral que tiene el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional no la tiene ninguna otra instancia,
institución o actor político en la escena nacional y, eso pesa.
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Otra hipótesis explicativa que
no puede descartarse proviene de la profundidad con que está enraizado
en la sociedad mexicana el racismo colonialista. Y, aunque muchos
miembros de la clase política tengan rasgos que delatan su origen
indígena, la manera como se desarrollaron los acontecimientos parece
indicar que cualquier exigencia que provenga de los pueblos indios
del país es asumida como afrenta. La oposición a aceptar que la delegación
zapatista entrara al recinto legislativo a argumentar a favor de la
Ley Cocopa, así como la negativa de la Corte Suprema a entrevistarse
con los portadores de las controversias, podría ser una demostración
cabal del racismo que impera en las instituciones políticas del país.
Difícil papel el de gobernantes y legisladores que reniegan de su
propia sociedad. ¿Cómo van a hacer prevalecer la soberanía del pueblo
de México?
Escenarios
políticos
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Un primer escenario que parece
estarse perfilando es el del rebote de atribuciones entre los tres
poderes de la Unión sin que ninguno de ellos asuma cabalmente la responsabilidad
de hacer cumplir los acuerdos firmados en San Andrés. Este escenario
tendría mucho más presente la preocupación de un juego electoral en
el que en vez de confrontarse con proyectos claramente diferenciados
la disputa es por ganar las mayorías en las instancias de gobierno
y en jugar con la mira de la sucesión presidencial de 2006. Este es
un escenario de desgaste en el que la sociedad participa sólo como
telón de fondo y los conflictos se manipulan para deteriorar o reafirmar
imágenes. El límite de este juego de fuerzas dentro de la clase política
será la capacidad de movilización de la sociedad, sin embargo, éste
se muestra más como un escenario de resistencia difícil que de avance
dentro de los proyectos sociales.
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El agravamiento del escenario
anterior apuntaría a una escalada de las políticas de contrainsurgencia
particularmente, aunque no sólo, en Chiapas. La situación actual de
reiteradas agresiones en varias comunidades zapatistas apunta en este
sentido aunque la respuesta de las comunidades afectadas, junto con
las diferentes reacciones de sectores de la sociedad comprometidos
con la búsqueda de la democracia, actúan como elementos contrarrestantes.
Tal como se perfiló desde el momento en que el Senado aprobó las modificaciones
a la Ley Cocopa, el sistema político ha estado manteniendo implícitamente
una política de guerra soterrada que se prolongaría a lo largo de
todo el sexenio de Vicente Fox, con periodos de incremento de la tensión
como el actual y otros de relativo abandono. Este escenario parece
el más pertinente con la intención de desalojar a las comunidades
del área de Montes Azules para poder impulsar las inversiones productivas
relacionadas con el aprovechamiento de la biodiversidad o el petróleo
que se encuentran en la Reserva.
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Un escenario poco probable a
menos que la movilización social genere condiciones que lo hagan posible
es el de revisión o retiro de la ley para volver a la redacción original
de la Cocopa. Esto abriría el camino para restablecer el diálogo entre
el gobierno y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. No obstante,
no parecen vislumbrarse razones suficientemente poderosas de parte
del gobierno y del sistema político para que este diálogo les apremie;
si en un primer momento del gobierno de Fox esto podía ser visto como
una de las condiciones importantes para construir los nuevos consensos
que requería, hoy ya no parece serlo. Los costos políticos del incumplimiento
de los acuerdos de San Andrés han sido repartidos entre todos los
partidos y la responsabilidad diluida permite un pacto tácito al interior
de la clase política que alivia relativamente la urgencia de avanzar
en la solución del conflicto en Chiapas. Como todos lo cargan, a nadie
le pesa demasiado.
Más allá de un juego de discursos -que nos acerca al primer
escenario-, y aun admitiendo la buena disposición de algunos legisladores,
éste no parece ser un escenario posible durante los cuatro años que
restan del gobierno de Vicente Fox.
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En los escenarios anteriores
se puso énfasis en las políticas del gobierno y en los acuerdos y
relaciones recíprocas del sistema político. El cuarto escenario incorpora
a la sociedad como sujeto político de primera línea bajo la idea de
que si las instituciones políticas vigentes son incapaces de resolver
las demandas de la sociedad es necesario recrearlas, trabajar en la
construcción de una nueva institucionalidad que corresponda a las
nuevas condiciones de politicidad social, al nivel de participación
en las decisiones comunitarias o colectivas de hecho. Este escenario
indica el momento de refundar, en la práctica, los espacios y modos
de hacer política, los estilos de relacionamiento social, los principios
de la soberanía popular. Es, en realidad, el escenario de la esperanza.
Es el escenario de la construcción sin el Estado y a pesar del Estado,
de la construcción del único futuro posible para los más: el de la
democracia, libertad y justicia que pregonan los zapatistas para el
cual el sistema político no parece tener respuesta.
Dentro
de este escenario el actor central es evidentemente el movimiento zapatista
pero, de acuerdo con sus modos y tiempos, puede 1) mantenerse como un
actor en silencio dando espacio para que sea la sociedad civil la protagonista
del proceso, cuestión que plantea la dificultad de construcción de una
nueva cultura política en un contexto que tiende a reforzar por múltiples
vías los viejos esquemas; o 2) reingresar abiertamente a la escena política
como protagonista activo, revitalizando el diálogo con la sociedad civil
o, más bien, con los movimientos sociales -institucionalizados o no- de
México y del mundo, en el proceso de construcción del nuevo mundo. La
presencia zapatista es ya inmanente a los movimientos sociales, no obstante,
su capacidad de articulación y potenciación podría ser mayor en el momento
de restablecer la interlocución sistemática con el resto de las fuerzas
que luchan, en México, en América Latina y en el mundo, por liberar a
la democracia de las ataduras que le imponen los sistemas políticos creados
y recreados por el poder.
http://www.ezln.org/san_andres/cecena-SCJN-2-2002.html
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